Manual de instrucciones de blogscriptum

sábado, 25 de febrero de 2017

Museo Guggenheim Bilbao. XX años.

Todas las fotografías fueron realizadas por blogscriptum con una Lumix compacta LX100.

Seis y media de la mañana. Sale uno a pasear por la ciudad que acaba de despertarse. Tengo tiempo antes del inicio del curso. Camino con la cámara en la mano. Ando distraído escuchando el lenguaje secreto de Hildegard von Bingen, cantos del éxtasis de hace casi un milenio. Un enorme descubrimiento. Voy rencontrándome con la ciudad. Nunca antes a esa hora, y solo.


Una ciudad calada hasta los huesos promete realidades diferentes. Me apasiona descubrirla de esa forma. Una discreta brisa quiere barrer nubes y crepúsculos, reflejados en charcos como espejos, pero la ciudad mojada pesa enormemente y no tiene prisa alguna por ponerse en marcha. El despertar de las calles tras la lluvia -mejor de chaparrón que de cualquier otro modo- es siempre un renacer. Primero de luz limpia, húmeda, que deja un brillo claro en céspedes, fachadas, arbustos; después de luz especular de gotas sueltas sobre miles de hojas vagabundas, que vienen a ocupar las calles que las personas aún no han conquistado. 

Hay suavidad en todo lo que sucede tras la lluvia súbita. Es el silencio de lo limpio. El goteo cómplice de canalones. El murmullo de desagües que lo tragan todo. En un día así sólo pesa la ciudad, que permanece inmóvil con los pies hundidos en su propio asfalto. Camino lento por sus calles, ciertamente melancólico, como un flâneur degustando formas, espacios y rincones: todo es gastronomía para los ojos. Un espectador urbano, un apasionado errante, un voyeur de paisajes arquitectónicos voluptuosos, sensuales, elegantes.





domingo, 19 de febrero de 2017

Un viajero melancólico.




No he terminado de subir al tren y ya le invade a uno un agradable sentimiento de melancolía. Ese estado que, según Andrés Trapiello, es la tristeza de los entusiastas y la alegría de los misántropos. Y como uno es de ánimo móvil (Qual piuma al vento), y por días se siente expansivo y comemundos y al siguiente, sin solución de continuidad ni causa aparente, se encierra en un oscuro pensamiento, igual le da cómo se encuentre justo antes de poner el pie en el estribo del vagón, porque viene a apaciguarse el alma y se encuentra a gusto uno consigo mismo cuando se ha sentado en la butaca, atemperado y melancólico, pero equilibrado.


Durante el viaje a trescientos kilómetros por hora, a través de la ventanilla, el paisaje  se hace vulnerable y solo aparente, tan cambiante que resulta casi irreal. Me pude dormir nada más salir de Sevilla y así me evité el disgusto de ver naves industriales, desecheros y barrios dormitorios.

Pero luego fue un gozo poder abrir los ojos en una naturaleza quijotesca -casa e intemperie de sueños- cruzando tierras  en barbecho, huertas de naranjos, caminos embarrados, geometría de olivares e inconfundibles campos de cereal que ya despuntaban en brotes verdísimos a estas alturas del invierno. Así que todo aquel basto paisaje, por ser así, inmenso en belleza, invitaba a un mayor recogimiento.

Y fue entonces que sintió uno, al ir atravesando todo aquello, cada kilómetro distinto y más bello que el anterior, la necesidad de hacerse definitivamente nómada, como los vagabundos, como los gitanos cervantinos; mudarse de cualquier sitio, sin dirigirse a ninguno en concreto, sin echar raíces, mientras se marcha uno hacia el lugar nuevo, que será , sin ninguna duda, mejor.

Todo atravesaba mi campo visual durante solo un instante y le dio a uno por pensar que la vida pasa a esa misma velocidad. Sentí entonces una avidez ardiente por captarlo todo, por vivirlo todo, en un ejercicio pedagógico constante, en el que la propia vida es clase y maestra, lección y experimento. 


Posiblemente no existen normas, pautas ni decálogos universales. Recordé aquella fotografía suya, asomado a la ventanilla de otro tren, en Escocia, y estoy seguro que lo que es válido para mí, puede que no lo sea enteramente para él. En todo caso, mi tren puede que ejerza en él el famoso efecto pistón (el aire que anticipa al tren que ha de llegar por un túnel) que le dará el primer impulso, pero nada más.

En todos estos disparates se pasó el viaje. Pensamientos melancólicos: memoria e imaginación. Amalgama de la edad. Entonces, el revisor del vagón, bajo y regordete, con una barba -sombra de luna sobre la cara- zarandeándome me dijo:

“Señor, (mi señor, mire vuesa merced… quise entender), que ya hemos llegado a a Atocha…”


Nota bene:

1.- Durante este sueño en el tren me acompañó el álbum: Der Klang der Offenbarung des Göttlichen del músico islandés Kjartan Sveinsson ex-tecladista de la banda islandesa Sigur Rós. Kjartan también compone bajo el seudónimo de El Viajero Solitario.


2.-Hoy he visitado el último trabajo de Chema Madoz que posa su mirada fotográfica en Asturias y convierte su espacio geográfico, sus costumbres y sus gentes en una abstracción poética. La exposición, formada por 34 fotos inéditas, que se puede visitarse en el Centro Conde Duque de Madrid hasta el 16 de abril, se titula: El viajero Inmóvil.


3.- Esta fotografía de Madoz es de Castro Prieto… un Viajero Inagotable.


 4.- La fotografía de Castro es de Paco Gómez: Un Viajero imaginario. La casa de su abuelo estaba al otro lado de un embalse del Burguillo. Para ir a verle debía cruzarlo en barca. De pequeño jugaba a películas de gangsters en los coches que se abandonaban en ese territorio sin ley.



5.- El fotografió ese embalse para un magnífico libro: Razón y Sed, al que pone el texto de las fotografías de Juan Manuel Castro Prieto, Juan Manuel Díaz Burgos, Paco Gómez, Martí Llorens y Ana Müller, el escritor Andrés Trapiello. Y bueno, fin del círculo.




martes, 7 de febrero de 2017

Como un pétalo entre páginas.


Camina uno ensimismado, atento sólo a sus propias cosas, e intenta sacar a flote un pensamiento -aunque sólo sea uno- sin pedirle tan siquiera al cerebro que éste sea brillante o ingenioso. Decides fijarte en aquello que te rodea, mientras vas andando, y resulta que:

Una señora marcha delante de mi con un abrigo de leopardo, tan real que parece falso, y un sombrero de paño marrón, calado hacia la izquierda de manera exagerada y, como llueve a jarros, va cayendo el agua en cascada, desde su cabeza, directa hacia el alcantarillado. Forma ese sombrero, piensa uno, parte del ciclo del agua, como las laderas de las montañas alpinas en los libros de ciencias sociales. Intento fotografiarla, robarle alguna de sus manchas felinas, pero cambia bruscamente su dirección para meterse en una iglesia.

Allí, en su puerta, un marroquí se estira, balanceando su cuerpo hacia izquierda y derecha, como si fuese una campana repicando perezosa. Es evidente que el culto no le importa lo más mínimo, y no confía ya en que aparezca la limosna en esta mañana tan desapacible.

Foto del maestro Benito Román
(Con permiso del autor)
http://www.benitoroman.com/es/


Intento retratar al marroquí, pero se cruza e interpone un hombre que le pide a su perro, que no levanta un palmo del suelo, que: “no cagues en el alcorque de un árbol, por favor”; y el perro le mira, reflexiona, como intentando entender la palabra alcorque, o la educación de su amo para con él y le obedece. Quiero retratarlo, pero visto que no cagará finalmente, decido desviar la cámara hacia la izquierda.

Al otro lado de la calle un operario de la limpieza del ayuntamiento se lleva un cabecero abandonado, estampado todo él de flores -renacidas por la lluvia- y es como si aquel hombre hubiera decidido trasladar la primavera hasta otro lugar más propicio. Al llevarse el cabecero al hombro, su mono fluorescente de trabajo se  me parece a un florero que desentona claramente con el ramo. Era un muro de pitiminí que llenó de alergias con picores el sueño de su anterior propietario. Por eso lo arrojó a la calle, como si fuera él, el invierno en persona. Tardará aún un tiempo en advertir que lo que le llena de habones no son las flores, sino su matrimonio.

Cuando quiero fotografiar la escena, de tanto pensamiento inútil, el operario ya ha doblado la esquina por la que acaban de aparecer dos japoneses enmascarados. Se diría que ellos poseen el secreto de alguna miasma que uno mismo desconoce y me pregunto si también podré yo contagiarme si tuerzo la esquina hacia la calle del Piamonte, por donde llegaron los dos rasgados cubriéndose con la mascarilla, por donde huyó aquel cabecero.



Pienso fotografiarlos, pues recuerdo las cosas que hace Tazuo Suzuki, pero ya no hay caso, la batería se ha agotado. Dirijo mis pasos hacia la tienda en la que ayer dejé olvidado un ramo de “siempre-vivas”. No tengo prisa en el rescate, con ese nombre, no espero nada malo de su estado.

Y llego a casa y pienso que no ha habido nada hoy, entre lo cotidiano, digno de ser contado, pero encuentro esta fotografía de V. perdida entre otras muchas. Tiene ya más de un año. Me ha pasado con esta foto lo mismo que con un pétalo que uno se encuentra prensado entre las páginas de un libro que revisa. Es imposible recordar dónde se cogió la flor y porqué la situó entre aquellas dos páginas precisamente, pero ha hecho de la relectura un momento mucho más especial.

V. lisa, débil y conmovedora, como ese pétalo entre páginas.

Son huellas que voy dejando. Supongo que me ayudan a una relectura mucho más apasionada de la vida. Y las que se me escaparon hoy, andando por la calle, ¿para qué las quise? no me ayudarían en nada, en unos pocos años, a entender mi propia biografía.