Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 23 de junio de 2016

La verdadera riqueza.

Todas las fotografías son de Elle Oliva Andersen
http://www.elleolivia.com/

Anoche manteníamos con unos amigos una animada conversación a propósito de la rutina a la que nos someten las obligaciones y las costumbres, tantas veces inútiles, que colman (y al tiempo vacían) nuestras vidas.

Le dio entonces a uno por pensar como a Jean Giono: ¿Sería posible una vida más sencilla? ¿No vivimos en una abundancia inútil, generadora de frustración? ¿No es pertinente la reivindicación de los placeres básicos, pero auténticos?;  los de la tierra, por ejemplo. ¿No están las riquezas verdaderas en  la vida simple, vinculada a la naturaleza?

Todo esto nos es más que poesía, pura retórica, pensaba durante la discusión y anduvo uno muy callado. No tenía la noche especialmente lúcida ni locuaz. Así que, por supuesto, evité hablar de la gloria del sol, de la tierra, las colinas, los olivares, los viñedos, el aroma a fruta madura alrededor de un manzano en el campo, el viento,  los riachuelos, los caminos de arena polvorienta, el olor a jazmín por la noche, a romero en la tarde seca de verano.

Se empeñó uno en permanecer concentrado para no mencionar los peñascales, los pinos, las encinas, los vellones de nubes que ha contado uno acostado sobre la hierba, los jirones de niebla arañando la montaña frente a nuestra casa en la aldea cuando baja a beber a la ribera, los barbechos, las zarzas, los bandos de gorriones. Ni mencionó tampoco uno los corrales, los aperos, los viejos con boina, la fuente, o dos flores azules que suelen crecer en el muro que hay en el huerto.

Olores, visiones «que irrigan con más violencia que nunca mis venas y mis arterias» ( Jean Giono, Las riquezas verdaderas en errata naturae) , y que abanderan un movimiento de oposición mental que se enfrenta a los abusos de la llamada «civilización»

Pura retórica, ya digo.








domingo, 12 de junio de 2016

El boleto: un microrelato


Colgado de la percha, al fondo del armario, con una doble botonadura y la huella de los nudos de hilo negro donde antes estuvo el botón que cerraba el cuello de piel, dormía, inerte y conmovedor, el abrigo de paño negro de  mi abuelo.

Era imposible frenar el fuerte impulso de ponérselo, como queriendo convocar allí de pie, en medio de aquel probador débilmente iluminado, a su antiguo propietario.

En un gesto intuitivo introduzco audaz la mano en su bolsillo izquierdo y, voilá!, aparece entre mis dedos un papelillo doblado en cuatro. El boleto amarilleado corresponde a un resguardo de una relojería madrileña.

Compruebo en la red que el establecimiento de solera aún existe y a primera hora del lunes acudo con el salvoconducto para recoger nosequé. Mi afán es pura curiosidad.

El hombre menudo que me atiende tras el mostrador de madera perfumada, puro mahagoni británico, acerca el boleto a sus gruesas lentes y con un gruñido de insatisfacción se pierde por su trastienda.

En la mano trae un reloj de cadena plateado que me muestra. Aún le falta un retoque, me dice sin inmutarse, en unos días ya estará terminado, vuelva Vd. el jueves.

domingo, 5 de junio de 2016

Elmer y el castillo de colores. Vicente Baztan & Enrique de la Peña



Elmer vive en un castillo de colores al otro lado de las nubes, con un campo de hierba alta alrededor que le gusta atravesar después de la lluvia.  Esos días, nada más bajar al prado, se descalza y camina despacito con una enorme sonrisa, como si fuera un pasaporte de dientes blancos, oliendo un poco a loco.

Le encantan las cosquillas que le hacen en los dedos las flores de mil colores recién mojadas, las mismas que utiliza para hacer la pintura con la que decora las paredes y las almenas de su castillo. Como la pintura es de flores, cada vez que llueve desaparece de los muros disuelta con el agua que cae de las nubes. Después la mezcla coloreada baja desde el cielo hasta la tierra formando un regato multicolor.



Rara vez, por no decir nunca, encuentra Elmer algo poético en el óxido. No tengo nada en contra de la forma que tiene el tiempo de ensuciar las cosas, suele decir, pero yo prefiero los colores que me recuerdan a la cara de los niños. Ellos nunca están gastados como las caras de los mayores. 



Elmer se pasa el día entero (del tiempo entre lluvias) observando desde la almena más alta, de la parte más alta del castillo, las caras de los niños en busca de colores que le inspiren. Y luego... ¡vuelta a empezar!. Seleccionar flores, hacer mezclas y pintar el Castillo. Nadie ha visto bostezar a Elmer nunca, a pesar de que se pasa día y noche trabajando.



Últimamente anda concentrado en imitar el rojo intenso de los labios de las niñas en verano, porque dice que le recuerda a las pavesas que usa para asar castañas, su comida favorita. Y también trabaja diseñando el color azul del vaho que asciende desde la boca de los niños, mientras esperan a la ruta por la mañana,  al final del otoño.

A Elmer no le gustan los candados, los odia, porque dice que le ahoga el peso de las llaves colgadas de su cuello. Por eso siempre deja abierta la exclusa  del regato que nace en su jardín para dar paso al agua  y que todo el mundo pueda admirar su última creación de colores.




Y es que  a Elmer la vida le gusta enormemente.  Solo a veces se queda quieto, como queriendo llorar, cuando vuelve a ver blanco su castillo después de un día de lluvia; pero Elmer jamás dice: jamás, jamás, jamás. Entonces respira hondo, se abotona su baby de trabajo, almuerza castañas, inclina la cabeza como queriendo borrar la desesperación  y canturreando comienza a repintar su enorme castillo.




Nota bene:

Las ilustraciones de este cuento han sido realizadas por Vicente Baztan, cuya página no debéis de perderos.