Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 29 de marzo de 2016

Papeles de seda.


" De la misma manera que el pescador viene al amanecer y revisa los cepos que puso durante  la noche; o como el médico que viene a ver cómo va el enfermo; o como el niño plantado que mira a una persona mayor que está haciendo algo que  el niño no ha visto antes. Así hay que mirar exactamente a lo pájaros, no con los sentidos divididos y el pensamiento distraído, sino con la atención reconcentrada y recapacitando, y a ser posible, con asombro"
Kierkegaard, 1847

Anda uno como el campo, despistado, y las aves con él y conmigo. En estos días las estaciones no acaban de ponerse de acuerdo por ver a quién le toca dirigir el rumbo de la nave. Así que el día termina teniendo un poco de todo: hialino, tibio, desquiciado y recogido. 

Por eso no sabe uno a qué atenerse, y las aves se ve que tampoco. Si les toca quedarse o migrar; pasar lo que quede de estos días alocados junto a nosotros o no; total, no fue tan duro el invierno y ya no trae cuenta hacer mudanza. 

Ha venido a visitarnos un petirrojo dándole al patio una llamarada que parece haber caldeado algo  el ambiente. Miraba el pequeño al libro y luego giraba la cabeza hacia el cielo, como dudando sobre a qué debía prestar atención o, lo que es peor, sorprendido de que uno esté leyendo fuera de la casa. Pero el sol anda como su pecho, templándolo todo.

Se pregunta uno porqué algunas aves migran y otras no, si al cabo todas llevan el mismo abrigo tejido de plumas. Será entonces que las que lo hacen tiene espíritu aventurero más que una indumentaria escueta para pasar el invierno en Castilla. […]

Ahora, mientras leo lo que escribía hace un rato, va bajando la niebla. Lo ha hecho sobre mis hombros como un capote de agua, frío y pesado, y eso ha coincidido con el final del libro al que miraba el petirrojo. En el fondo uno es rehén de lo que lee y le pasa como al autor A.T. que se va uno encontrando cada vez más a gusto en la vida social restringida: los libros, la familia y los paseos. 

Dicen de uno que habitualmente camina rápido, mirando el suelo, distraído y taciturno. La verdad es que no me parece que tenga mucho sentido andar buscando respuestas en el cielo y, sinceramente, no es rapidez, es que últimamente no me interesa nada lo que me cuentan. El silencio es lo que reclamo. Silencio y que le dejen a uno un poco en paz. El resto: tempestades, accidentes, prejuicios, malos humores y necedades resultan agotadoras.



Entonces, al cerrar el libro, despacio, como cierran las alas las mariposas, he levantado la cabeza y me la he encontrado a ella pensativa, disfrutando del pájaro que acababa de imaginar.

“Son muchos los momentos a lo largo del día que uno vive en plenitud, pero pasan demasiado fugazmente” (A.T.). No es cosa, me digo, de despreciarlos.


Por si llegase el día en que me descubra diciéndome: ¡Éramos tan felices…! me lanzo a por la cámara y también a terminar de escribir esta entrada por dos razones: una, el olvido es injusto; y dos, la memoria es frágil y no quiere uno que nadie se quiera acercar con una cerilla a las hojas de seda que van envolviéndola con los años.

miércoles, 23 de marzo de 2016

No existe el dilema.


En un día como hoy, o mejor, como estos, pues ya son tantos y tan seguidos: ¿de qué escribir, que no rechine? Las cosas que suceden alrededor de uno gozan de un gran equilibrio, algo que está muy próximo a eso que puede considerarse como felicidad. Así que uno no puede evitar inclinarse por contar la alegría en este cuaderno de lo cotidiano. Y sin embargo, todo parece estar envuelto, a cierta distancia de donde nos encontramos, de una profunda tristeza.  Se debate uno, por lo tanto, en el dilema  de hacia donde dirigir la pluma: sufrimiento o alegría; pero advierte al instante que la vida no es un dilema, es una paradoja: es dura y amable al tiempo. Las dos cosas son necesarias, porque sin la primera  no se alcanza a saborear la importancia de la segunda.

Y fue que: estábamos solos en el campo con aquella paja amontonada en perfectos prismas panizos que hacía del lugar una tramoya bellísima. Los rayos del sol, paralelos al suelo por la hora, lo incendiaban todo de destellos rojos y dorados, como los focos de un escenario clásico: antorchas proyectadas sobre espejos.  La escena era tan teatral que esperaba uno que en cualquier momento se alzase sobre el silencio del campo una trompetería  romana anunciando el atardecer como se anuncia al emperador que acaba de entrar en el circo: aúreo, imperial, irrepetible.

Estábamos todos bien; las risas se movían como bandos de gorriones, por todas partes y en turbulencias, como lo hacían las hojas ya agostadas de los chopos que teníamos en frente y detrás de nosotros, danzando por el suelo como locas, levantándose luego por el aire caliente de la tarde de verano.

Respiraba uno profundamente, no tanto por la ansiedad que produce la contemplación de lo bello como por intentar meter todo eso que veía y oía en los pulmones; atraparlo así y hacerlo propio para siempre. Al final de aquellos juegos, nos volvimos tranquilamente, hablando lo justo, sin necesitar nada más ni a nadie: creyendo que lo teníamos  todo y, de nosotros, todo también lo teníamos.

Cuento esto hoy porque luego pasan los días y un acontecimiento traumático, que no te afecta directamente, hace que el recuerdo de aquellas escenas, aparentemente rutinarias (unos paseos y unos juegos) se conviertan en algo extraordinario e irrepetible.


Desearíamos disfrutar, cuantas más veces mejor, de los mismos escenarios dorados, del mismo sol, de los mismos sones de trompetas anunciando atardeceres, con las mismas personas, para hacer destellar esta vida paradójica -de costumbres y traumas- con unos minutos de respiros bondadosos, aunque sean procedentes de la memoria. 

Y se inclina por fin la pluma de uno a escribir de estas cosas y no de tragedias, por si alguien que lo necesitase lo leyese y se reconfortáse con ello, si es posible, por la recreación de aquella representación teatral de la que fui testigo y protagonista.



viernes, 11 de marzo de 2016

Carta a mi sobrino, de su tío, claro.


Fotografía ©Izis, Londres-1950

Querido Enrique:

Contigo completo el conjunto de epístolas, tres,  que hace tiempo escribí a tus hermanos, cada cual la suya. Hoy te hablaré a tí de los legados.

La individualidad humana: ese gran misterio. Se interesa uno por las teorías que pretenden explicar la personalidad o el desarrollo de ella y ninguna acaba de darme  el porqué definitivo, cuál es la razón última que permite explicar por qué no hay dos personas iguales o por qué, mejor dicho, terminan por diferenciarse entre ellas. Incluso dos gemelos, educados en el mismo hogar y con carga genética exacta terminan difiriendo en comportamiento y en personalidad, ¿lo sabías? Sin embargo, creo que tras la individualidad y la especificidad de cada cuál, existen razones para pensar que a través de un grupo familiar cohesionado circula una consanguinidad de valores (¿es eso el alma?).

Tu abuelo, del que no me cansaré de hablar, había olvidado hacía tiempo el nombre de las flores y el lugar donde se recogen. Olvidó el compás de las sinfonías y hasta el autor que las compuso. Olvidó tantas cosas que hasta olvidó de olvidarse del resto y andaban esas cosas vagando en un limbo de ideas unidas por débiles hilos de seda a la que no podíamos llamar ya memoria.

Pero mi padre, tu abuelo, era profundamente sabio. Por que el secreto de la sabiduría -empieza uno a darse cuenta- el gran concomimiento que hay que adquirir, digo, y que no está al alcance de cualquiera, es saber la misión a la que ha sido convocado uno en esta vida. A qué has sido llamado. Él lo entendió perfectamente y fue lo único que no olvidó hasta el último día.

Por eso cuando le preguntábamos: ¿Cómo estás papá?, él siempre contestaba: “orgulloso y satisfecho de veros a todos juntos”. Esta fue su misión y la desarrolló de una forma incansable, hasta cuando estuvo absolutamente agotado.

Uno observa ahora a sus hijos –tus tíos y tu madre (mis hermanos)- y quiere ver la obra, su legado patente, pues veo Hombres (con H mayúscula, olvídate del género):

-Hombres auténticos, firmes, soberanos, coherentes y estables.
-Hombres libres, que han encontrado los ideales que les motivan.
-Hombres justos, seguros bajo el paraguas de la moral que les hace ser y creerse iguales al resto de la personas.
-Hombres responsables, capaces de responder a las exigencias de sus valores

Pero sobre todo veo Hombres buenos: bondadosos, afables y amistosos.

Auténticos, libres, justos, responsables pero sobre todo buenos. Saben expresar y trasmitir la inconmensurable bondad de sus padres, de mis padres.

Tus padres, los dos querido Enrique, han recibido este legado, y han aceptado la responsabilidad de transmitírtelo. Tómalo y cuando salgas a defender tus ideas en ese sitio tan alucinante, porta el estandarte que te hace ser igual que los que te han precedido, pero dale tu especificidad, tu individualidad , tu personalidad.

Enhorabuena por tu éxito, sobrino, pero sobre todo por tu esfuerzo, y ahora en Nueva York, en la sede de Naciones Unidas, ante tanta gente importante, muéstrate auténtico, libre, justo, responsable y bueno y deja que fluya al exterior el super-Enrique que sólo tú llevas dentro. Sólo de esta manera podrás sentirte orgulloso y satisfecho, como tu abuelo.



miércoles, 9 de marzo de 2016

El Estilete: Publicidad engañosa.





“No vengáis a Europa, todo es en vano”
Donald Tusk
 Presidente del Consejo Europeo.


Lo malo de un cartel que anuncia algo que finalmente no se cumple (por lo tanto un fraude) es que un día tendrá que venir a retirarlo un operario y entonces alguien hará la incómoda pregunta: ¿Y qué? ¿Cómo fue la cosa?


domingo, 6 de marzo de 2016

El alienista.



El aire frío ha venido a despertarle a uno como el alienista que para sacar del trance al enajenado recurre a golpear con una cucharilla de café el canto de una delicada copa de vino, un tintineo que resuena en la sala de tratamiento a la vez que la interpelación de la voz y la mirada: ¡Vamos, despierta!.

Eso ha dicho el viento que ha pasado esta mañana de marzo por mi terraza, muy pronto, antes de entrar en Madrid atravesando la Casa de Campo, agitando la somnolienta soledad de las aguas de mi imaginación, esa caverna que encierra tesoros resplandecientes, imposibles, insospechados. El viento ha sido el Alí – Babá de esta cueva de misterios de la que me ha sacado con el abracadabra de un escalofrío.



Y es que andaba uno en la contemplación de una flor (una azucena, un lirio, no sé nada de estos poemas)  que, inexplicablemente, ha tenido a bien nacer en mi terraza, en una maceta, sin que uno antes la haya llamado, y ni tan siquiera pudiera esperar su nacimiento hace unos días, cuando quise ver salir un pequeño brote verde de la tierra.

Ha sido entonces que ha recordado el que la contemplaba, que en ese mismo sitio, exactamente el mismo,  hacía una fotografía hace unos meses, y que esa fue la última juntos. Y ha pensado el que la miraba extasiado, no sé porqué, que las flores (un lirio, un jazmín, no sé de esas músicas) tienen esta magia: que en este mundo corrupto y malogrado, nacen a pesar de todo flores solitarias, unos meses después, en el mismo sitio donde estuvo antes plantada firme, profunda, germinal, una semilla.


Entonces ha decidido uno salir a correr. El polirritmo de los pasos, la respiración y los latidos del corazón, ofrecen la cadencia necesaria para mirar al interior. Y entonces simplemente se hace eso: correr y pensar. No hay otro contrincante que uno mismo y sus enajenaciones. 

¡Y cómo se agradece este aire frío y alienista!.