Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 24 de enero de 2016

El Retablo de Maese Pedro.

Todas las fotografías son de Javier del Real vía  www.teatro-real.com


Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió maese Pedro dentro dél, que era el que había de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir de intérprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenía una varilla en la mano, con que señalaba las figuras que salían.

Fragmento del Capítulo XXV de Don Quijote de la Mancha

Dentro de los actos de conmemoración del IV Centenerario de la muerte de Miguel de Cervantes en el Teatro Real de Madrid se ha representado la versión musical y escénica de un episodio de El ingenioso caballero Don Quijote de La Mancha según el libreto Manuel de Falla (1876-1946)


Según el programa pedagógico ofrecido por el Teatro Real, contaba Manuel de Falla que de niño jugaba a representar con marionetas las aventuras de Don Quijote. Cuando la princesa de Polignac le encargó que escribiera una obra para orquesta de cámara, no resulta sorprendente que el compositor recurriera a un episodio de la novela cervantina. 

El fragmento elegido fue el pasaje del titiritero Maese Pedro, que recorría la Mancha con un retablo para representar una historia de amores y persecuciones entre moros y cristianos. Y, cómo no, una vez más, el hidalgo protagonista de la novela, confunde la realidad con la fantasía y acaba emprendiéndola a mandobles con los pobres títeres.


Para su estreno (1923), Falla contó con la ayuda de su amigo el pintor, grabador y titiritero Hermenegildo Lanz. El director de escena actual, su nieto Enrique Lanz, creador de la prestigiosa compañía de títeres Etcétera, recoge la tradición de su antepasado, y, en homenaje a dos genios como Cervantes y Falla, desarrolla un espectáculo mágico con marionetas gigantes.

Hemos oído hoy de la mano de Falla todo lo que en él viene siendo habitual: aires, bailes, melodías, ritmos españoles (andaluces), haciendo de la vanguardia modernidad, sin parecerlo y de lo clásico la alegría de vivir en lo actual, con humor, sin el cual ni la vida ni el arte tiene el menor sentido.

¡Ah! y sin pasión... sin pasión ni el arte ni la vida tampoco.


lunes, 18 de enero de 2016

Manual de Instrucciones (365): Capítulo 17

Risa submarina 1.


241. Difícilmente sabréis regalar felices sino sois capaces de recibir alegremente.

242. Cuando viajéis y después lo contéis, EXAGERAD: forma parte de la aventura, sino, no merece la pena que lo contéis.

243. TEMED más (porque os hará más daño) la loa de un imbécil que la crítica de un sabio.

244. Hablar mal de alguien es mucho más fácil que hacerlo bien. Vuestra inteligencia se demuestra en lo segundo, lo primero lo hace cualquier pelagatos.

245. Vuestro deber es la forma concreta de vuestra conciencia, solo que públicamente visible.

246. Antiguamente en Kursk, en los confines occidentales de Rusia, un ruiseñor costaba tanto como dos vacas o dos caballos. Os lo cuento porque debéis conocerlo.

247. Dice R.L. Stevenson: “es mejor caminar lleno de esperanza que llegar”, pero marcaros un objetivo claro;  codiciar un “tal vez” inaudito os hará ser eternos aspirantes a una felicidad estéril.

Risa submarina 2


248. EVITAD gestos cansados del alma: no añoréis lo que no ha sido, es de una enorme ingenuidad estéril.

249. CONSERVAD en el desván de vuestra conciencia, cuidadosamente arrinconados, algunos besos agradables como el recuerdo del tartamudeo inseguro de un corazón latiendo a trompicones después de un pequeño éxito.

250. SED como cipiones cervantinos: no os maravilléis de ver hacer el mal a otros, pues es verdad que viene este de natural cosecha. Simplemente PERMANECED atentos, pues existe.

251. CUIDAD vuestra lengua, o AFILADLA según sea el caso, pues se hace más daño con ella que con las manos. (Nota al pié de esta instrucción)

252. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.


253. REIROS a carcajadas de la muerte.




254. CULTIVAD  vuestra rareza si es que os hace ser únicos, pero no caigais en el absurdo.

255. NO ignoréis la importancia que revisten los detalles mínimos. Cualquier cosa, por intrascendente que os parezca o carente de valor:  un libro viejo, con alguna anotación al margen, una carta manuscrita, una postal con su sello; si cuentan una historia, puede que os revelen narraciones de inusitada pasión.


Nota a la recomendación 251. Hay una cualidad de Ricardo (Ricardo III) que late en el texto de Shakespeare y que nunca es explicitada: el poder de la palabra, de su brillante capacidad retórica. No triunfa por el miedo que impone sino por la seducción y el engaño. 

miércoles, 13 de enero de 2016

El horizonte de Luis Vioque: una poesía visual.




“No vaciles nunca en alejarte allende todos los mares, allende todas las fronteras, todas las patrias, todas las creencias”
 Amin Maalouf.


Existe un juego estético antiguo que se produce al desatarse cruces inesperados de los sentidos cuando admiramos algo bello. Las notas musicales pueden suscitar colores, sentimos en ocasiones que un poema puede evocar olores o una pintura sonidos. La poesía japonesa es un excelente ejemplo al dejar traslucir en un pequeño verso el fondo de las cosas en una sencilla mezcla sinestésica. Así es cada fotografía de Luis Vioque, un Haiku generoso y asequible en el que se producen matices luminosos de los cinco sentidos.





Vista

Luis, luego de ver, decide elegir y evita lo superfluo. Encuadrar es elegir. Hay que saber mirar para hacer poesía descriptiva de lo poco. Juegos de luces y sombras, formas y claroscuros, una musicalidad que sugiere una posibilidad, más allá de lo que representa.

Al introducirse en una imagen todo el poder del  horizonte: vastísimo en el mar, curvo en la duna, o alargado en la vereda, estamos invitados a realizar con el fotógrafo nuestra propia fuga más allá de la vista. El espacio que ofrece el horizonte da libertad a nuestro pensamiento. Esta línea de un solo sentido resulta cortada por la perpendicular de uno o varios personajes o la vertical de un árbol, un rayo o una cometa, buscando todos elevarse al cielo.





Tacto

Cada fotografía es reflejo de una mirada táctil de las cosas. Se palpa lo dócil, el gesto puro y etéreo de un simple roce, todo hilvanado por deseos que se representan en el hilo de una carretera, la cuerda de una cometa o la cremallera de una valla sobre la duna. Hay trueques de caricias en las manos entrelazadas de una familia que se adentra en el mar; pero también hay algodón en una nube solitaria, seda en una estela, terciopelo en una duna, o latigazo eléctrico que zigzaguea el horizonte.




Olfato

No es pasar, sino estar con los sentidos atentos cuando se hace y se ve fotografía. Hay fenómenos originarios en las imágenes que evocan olores y que resultan muy reales: la humedad del océano abierto a una playa, la sequedad de la carretera serpenteante sobre la tierra volcánica,  la fertilidad que traen las nubes hechas jirones. Luego, con experiencia,  se verterán esencias sobre nuestra mirada en forma tierra mojada, algas en la ola rota o salitre en la barca varada, hasta que todo huela a cualquier estación del año.





Oído

En un tiempo de mensajes líquidos, la mayor parte innecesarios, el silencio se ha convertido en el mejor de los sonidos, virtud, y buen confidente. Este silencio se hace palpable en la taciturnidad astuta y cavilosa de un paseante ante un lago o un rompeolas infinito. El horizonte de las fotografías de Luis Vioque es el lugar donde las palabras no son necesarias, haciendo por sí misma locuaz a la imagen.



Y en este juego sinestésico de imágenes y sentidos ¿dónde habita el sabor de una fotografía?...

Melancolía,
flota en la boca el gusto
de la pureza.





Nota Bene: Mañana,14 de enero en la sala Amarica en la Plaza Amárica, 4  de Vitoria-Gasteiz se expondrá la obra de Luis Vioque: Horizonte Infinito, del que ha tenido uno el placer de prologar su catálogo.

domingo, 10 de enero de 2016

El primer acto del año.

Desde nuestra ventana. 

"Estar así en la vida, como un corcho en el extremo del sedal, flotando  sobre el agua pero atento."
Andrés Trapiello.



Es la segunda mañana en la aldea. Ayer, tras las campanadas, salimos a la calle a que nos diera las buenas noches el Lucero del Alba que bailaba alrededor del halo de la luna, como para dormirla. Lo hacía con un mimo que resultaba hipnótico mirarlo. La danza y el halo presagiaban una buena helada matutina, sin embargo, el amanecer ha sido rociero, pero sin escarchar, con una luz bellísima y unas nubes teatrales: grises, blancas y azuladas, sobre un cielo limpio, traído de cualquier Velázquez, no tanto por el azul,  algo enmarañado, casi caótico, como por lo majestuoso que resultaba el conjunto.

El concierto de año nuevo lo han interpretado a dúo dos alondras posadas en una enorme rama del nogal que hay al otro lado del camino. Ellas dos desde su otero y uno, que las escuchaba respetuosamente desde el suelo, parecía que  no quisiéramos perdernos el instante de celebrar la vida. Resultaba todo más sencillo y desetiquetado que lo que tantas veces ha escuchado uno a la Filarmónica de Viena en una mañana como esta, primer día del año, y sin embargo aquel valle resultaba ser la sala más dorada imaginable, una  "Musikverein"  perfecta para una audiencia potencial estimada de una sola persona.

Ha ido uno después encendiendo estufas y calentadores para traerle a los muros de esa casa la noticia del despertar del nuevo año y ha sido un placer abrir la puerta del cuarto donde estaban los tres durmiendo, casi apiñados, y recibir el olor de sus sueños como segunda noticia del día. Venían todos en tropel, a la carrera, mezclados a pinceladas  alocadas. Desde el dintel me llegaban como una suma impresionista, un Monet onírico. Me ha dado entonces, como  a las ventanas, por llorar; lo de uno era también vaho, supongo, pero del alma.

El halo de la luna, el canto de los pájaros, el sonido de los troncos mientras se quejaban en la pira del fuego que acababa de encender, el chisporreteo y ese vaho, se han ido convirtiendo a medida que los traía uno a estas páginas,  desde el papel en las que las describió entonces, en un sumatorio de pequeños placeres elevados a la categoría de lujo, entendiendo este como aquello que se disfruta sin notarlo y sin coste alguno.