Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Al final.



Al final

Bajo el tibio calor de un sol empañado,
en este perpetuo color de otoño,
he venido a recibir al pasado
como se ofrece la playa, cóncava y libre, 
al mar que le llega.

Dejando al descubierto mi quilla,
con los brazos abiertos y la piel trémula,
igual que la arena entre ola y ola,
efervescente tinta de espuma,
espero en vano ser de nuevo bendecido.

Recalo al final de este largo viaje
en un litoral lejano, sin prisa,
con los párpados cansados
y un gesto indiferente, sin nada más,
sin necesidad alguna, solo agotado.

Desde ésta margen del océano
distante de cualquier continente
nimia de sucesos, sin lirios que la adornen,
la otra orilla se adivina tierna, soleada,
cuajada de promesas y más de algún quizás...

A este lado, lo tengo todo ya ganado,
todos los árboles se inclinan vencidos,
desnudos, ausentes de sombras,
lisos como los lomos de un libro,
de una larga vida que me parece ya, leída.

A mi padre, en su ausencia, en su viaje continúo.
Del libro Lo que queda del día



“Por cierto, que llevo pegada en la agenda en la que escribo este Cuaderno de lo cotidiano, una foto Polaroid de mi cumpleaños, con él y el resto de su tribu, y claro, el cuaderno tiene siempre a bien abrirse por esa abultada entrepágina. Como yo veo a la tribu retratada y le veo a él en medio de todos, pienso que él y todos le están viendo a uno, aquí, tan lejos de donde se tomó esa instantánea y me da por emocionarme.”
Del libro Ama y Guarda

domingo, 25 de diciembre de 2016

Lista de reproducción.


La casa está vacía. Solo uno, sonámbulo de aquí para allá. Estoy  buscándolos por si finalmente hubiesen decidido solamente jugar al escondite. Pero todo está desierto. Acaba uno aproximándose a un libro, al ordenador, a unas fotografías y a la música, todo a la vez y sin mucho concierto, como en un cajón de sastre, sin nada de concentración y con un ánimo raro, de una tristeza inopinada e inexplicable.

Primer intento: Concierto para dos violines, cuerda y continuo en D Menor, BWV 1043 de Johann Sebastian Bach.


Repasaba las fotografías tomadas ayer con el teléfono. Se quedó la cámara en casa. Eso me enrabietó sobremanera porque el día ofrecía un espectáculo soberbio. La mañana nos recibía con un silencio frío y estaba vestida con una niebla baja y muy densa. Todo parecía lunar, como salido de un sueño. El campo en barbechos arados y parduzcos y un secreto rumor, como si estuviera la naturaleza entera esperando al comienzo del espectáculo luminoso que se intuía tras el telón de terciopelo opalescente que se erguía frente a nosotros.

Segundo intento: Suite en G Menor, HWV 439: III. De George Frideric Handel.


Entonces ella, como en El niño que se lanzaba a la aventura de Whitman, quebradiza y melancólica, comenzó a pasear mirando con asombro, piedad, amor y temor todo lo que la rodeaba, como si fuera a convertirse en parte de ello. Lo hace en forma de lila en primavera, en agua salada en verano y como efervescente canto rojo en otoño. Pero esta mañana, el muro hialino del horizonte, la atmósfera sin perfume, el vaho de nuestro propio aliento y los tímidos brotes de hierba, mojados por tanta humedad fría, parecía sumirla en un canto interno  y mudo. Algo que no le es propio.

Tercer intento: Suite bergamasque. Clair de Lune de Claude Debussy.


Quédate conmigo, pensé al fotografiarla. Estaba uno melancólico como ella. Quédate -pensé para mí- para conocer juntos el día y la noche, para que poseas lo bueno de la tierra, para que veas miles de soles y cielos azules. Quédate para que holgazaneemos juntos, para que nos despertemos en transparentes mañanas de verano, para ver crecer esta hierba, dura y rizada. Quédate conmigo para oler juntos vientos del sur, contar astros solitarios en las noches de San Lorenzo, para divisar montañas coronadas de nieve, mares escultores de acantilados y tormentas caprichosas de primavera. Ya se pasará el invierno, ya se retirará la niebla.

Cuarto intento:  Ma mère l'oie, M. 60: Apothéose: Le Jardin féerique. Lent et grave de Maurice Ravel. 



Entonces apareció él, con el bullicio de un bando de pájaros, corriendo y gritando, con el aroma del trigo que crecerá en esa tierra yerma, por la que ahora corren. Con el rumoroso cotilleo de las llamas del fuego que se ha encargado de encender, y el chasquido de los troncos que calientan la estancia. Apareció de pronto, con el sonido de su voz, como el repiqueteo de una campana que llama a fiesta, y su canto como la sirena del barco de vapor que abre la niebla que tenemos delante. Y entonces jugaron los dos con la alegría del cortejo nupcial. Escuché el coro de sus voces, poderoso y fresco, como la voz de Dios el día de la creación: Hágase la Luz. Y la Luz, para mí,  se hizo.

De la lista de reproducción, el quinto y definitivo intento: Sheep May Safely Graze, BWV 208/9 de Johann Sebastian Bach.




jueves, 22 de diciembre de 2016

Los sótanos de Tabacalera.


































El edificio de la antigua Fábrica de Tabacos de Embajadores es de titularidad pública, y está adscrito al Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General de Bellas Artes (DGBA). Por sus características, es patrimonio histórico, catalogado como Bien de Interés Cultural.


La Fábrica de Tabacos de Madrid se desocupó definitivamente en el año 2000, justo después de la privatización de La Tabacalera/Altadis. El edificio quedó abandonado durante diez años de progresivo deterioro y nulo mantenimiento.

Hoy hemos recogido las fotografías de la Exposición que allí habíamos montado. Unas instalaciones que no dejan indiferente a nadie y que cada vez que lo visito me sorprende con novedades en sus paredes. Una sucesión de grafitis tan cambiante que merece la pena, de vez en cuando, recoger testimonio de ellos. Arte volátil este, nacido para no perdurar. 


sábado, 17 de diciembre de 2016

Desde la nube de Oort


"Estábamos destinados uno a otro en armonía preestablecida: somos mónadas* complementaria una de otra. La familia es la verdadera célula social. Y yo no soy más que una molécula"

Niebla.
Miguel de Unamuno.


Sucedió en la aldea, hace solo unos días. Estaba el aire, alrededor de todo, quieto, dulce y frío. La luz entraba por entre las ramas desnudas de los árboles. Se desangraba la mañana por la lucha del sol contra la niebla, derramando sobre las hojas del suelo sangre en forma de rocío. Lo tamizaba todo como una gasa que le hubieran puesto a uno sobre los ojos. Anduve como loco buscándolos por todas partes y, pese a que el camino hasta la casa no tiene pérdidas ni peligrosos desniveles, respiraba ansioso por no encontrarlos. 


Un rumor sedoso envolvía mis botas y se proyectaba, como una estela sigilosa por detrás de mi, a lo largo de la senda que estaba ya desandando, angustiado, camino de casa. El  silencio delataba a mi corazón que arrastraba la cadencia de mis pasos a su ritmo acelerado.

No les encontré en la vega, tampoco en el campo ni en la alameda. Empezaba realmente a preocuparme. Habíamos quedado en que irían por delante con los perros y hacía por lo menos diez o quince minutos que ni siquiera podía escuchar sus ladridos.


Comencé a llamarles. Mis gritos se ablandaban en la niebla. Por más que elevase la voz, no parecía conducirse por entre la espesura de aquellas nubes bajas más de diez o quince metros.

Entonces temí realmente su pérdida. Temí no poder abrigarles nunca más. Temí no compartir futuras noches de San Lorenzo, llenas de estrellas que contar. Temí la venida de lunas nuevas, llenas de sombras y fantasmas. Me reproché las decenas de oportunidades maltratadas, de palabras estériles, de silencios impuestos. Y grité, grité y grité lo más alto que pude: ¡¡¿Chicos?!!, ¿dónde andáis?



P. me despertó. ¿Qué pasa papá?. Nada hijo, nada. Duérmete. ¿Dónde estabas en tu sueño?. Aquí, abajo, en el camino. Yo tampoco te encontraba papá. Bien, duérmete. Sí. 

Pero dijo ya ese sí estando profundamente dormido.


Nota bene: Todas estas fotografías corresponden al sueño que tuve. Han aparecido en la cámara. Es la primera vez que esto me sucede, que surgen espontáneamente fotografías que yo no he tomado.

Se había llevado cada uno a sus sueños mi último beso húmedo, traído de La nube de Oort, un disco disperso al final de nuestro sistema solar. Les conté que es el lugar del confín de la galaxia, la reserva de los cometas, los de periodo corto, dicen los expertos. 

-¿Cuántos planetas hay allí?, preguntó V. 
-Contiene quizás un billón de planetas menores. 
-¿Y nos encontraremos?, preguntó P. 

Allí es donde habíamos quedado, el lugar acordado para compartir un mismo sueño. Pero NO hay lugar común en los sueños, por cerca que se duerma, el uno del otro.




Construyamos recuerdos en nuestros hijos,
Para que no arrastren vidas sin alegría,
Para que no se pierdan los tesoros porque
No se les ha dado las llaves.
Vivimos, no por las cosas, sino por los significados
de las cosas. Es necesario transmitir las contraseñas
de generación a generación.


Antoine de Saint-Exupery


* La teoría de las mónadas de Leibniz fue utilizada posteriormente  para explicar la falta de comunicación entre los hombres y , por tanto, la soledad. A esto Machado lo llamó la "otredad"