Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 31 de diciembre de 2015

El último acto del año.





Se acercaba el final del día y con él, el año entero. Iba uno a esa hora de la tarde caminando hacia atrás mientras les fotografiaba, viéndolos así, andar distraídos con sus cosas, jugando con los perros. Fue entonces cuando comencé a sentir bruscamente una felicidad algo melancólica, un anhelo fuerte por una verdad enorme que nacía en mi interior mucho más profunda e intensa de lo que nunca antes había notado:  nadie es tan sensible como un hijo a la felicidad de sus padres. 

Apenas sonaba la hojarasca bajo sus pies, era un susurro de seda. Las semillas, la ramas, los perros olfateándolo todo,  la vida entera entorno a ellos, todo, absolutamente todo parecía armónico y sereno. 

Del camino húmedo se levantaba el telón de una tenue bruma,  como si la tierra fuera a recitarnos el último monólogo de la lluvia para acompañar nuestro paseo. Estábamos envueltos en una penumbra delicada y musical. Cualquier sonido sobraba. Enmudecieron los pájaros, los insectos, el regato, incluso el aire callaba; solo sus risas, como mariposas, iban aleteando de rama en rama, alegres, limpias, frescas, como sacadas de un sueño.  Todo habitaba en un medio-silencio dulce, el mismo que sucede, como susurro contenido, cuando está a punto de representarse una gran obra de teatro. Iba sintiéndose uno enormemente feliz con ellos y no estaba dispuesto a perderme el último acto de la vida que se representaba en este año que se marchaba. Pienso ahora que quizás ellos también lo notaban en mí.


Recordé entonces aquel verano -yo con la edad que tienen ellos ahora- en el que se hundía el sueño de negocio de mi padre. Fue un tiempo demasiado largo y amargo, separado de mis padres, percibiendo que algo oculto no iba bien; con la edad suficiente para notar la pesadumbre que ensombrecía mi entorno y demasiado niño para entenderla del todo. En definitiva un verano de recuerdos infelices, cargado de desposesiones que fue la antesala de unos años, los más duros para ellos, de lucha denodada para reconstruir la felicidad en torno a nosotros.

De ahí que cuando escribo esto que le ha sucedido a uno, en un sencillo paseo de treinta de diciembre, haya cobrado sentido el esfuerzo que a primera vista puede suponer nuestro retiro otra vez a la aldea. Nos hemos venido solos los cuatro a lo nuestro, quiero decir a nuestro sitio, escapando del obligado, pues la sal de la vida son estas pequeñas cosas que uno pretende creer que son la felicidad: un lugar, carne y hueso, pensamiento y asombro por todo lo que vemos. 

Y esta creencia sobre la búsqueda de la felicidad a través de la sencillez se produce en las dos direcciones, de ellos para con uno y del que firma, sin duda, hacia ellos: lección aprendida de mis padres.

Ahora que te acabas de marchar padre, te pido que en la tormenta de una mar embravecida salgas a orientarme otra vez con la luz de tu consejo. Que en el hastío y el cansancio, en el deber pendiente, salgas a buscarme otra vez con tu mano trabajada. Y que en el  ruido y la muchedumbre y en las notas disonantes salgas a buscarme otra vez con tu bondad y tu música para que sea yo capaz de enseñarle la misma lección a tus  nietos.

Feliz 2016, como quiera que cada uno lo celebre. 





lunes, 21 de diciembre de 2015

Es la vida, ¡redios!, la vida.


Mientras el sol es luz, mudos gocemos,
después de que se haya ido, reposemos.
Cuando vuelva, tal vez no nos encuentre.
Pero también pudiera ser que regresemos.
Rubaiyat
F. Pessoa

Ya le advirtieron a uno del peligro antes de comenzar a leer a Pessoa hace años. Ten cuidado, me dijeron, como dándome el aviso de que el pesimismo, el tedio, la desilusión y esa forma de ver el mundo y la vida como un lugar sombrío, donde reina el dolor y la violencia, esa permanente tormenta que invade al poeta portugués, podría ser contagiosa.

Pero ese apriorismo lapidario, ese tópico superficial, es una visión inexacta de Pessoa. Como los versos de Khayyam, el poeta, matemático y astrónomo persa del siglo XI, los amargos rubai en los que se inspira Pessoa, son en realidad una invitación a gozar de la vida.

La revisión de las fotografías que tomé de aquellos utensilios abandonados en la casa a la que hacía mención en mi anterior entrada, pero que parecieran recién ordenados, le hizo a uno, otra vez, advertir la extrañeza de existir y el rápido paso del tiempo y me invitaron a reconocer los minutos otorgados como si fueran arena dorada en las manos, fina, caliente, que brilla como el oro mientras se reduce entre los dedos, silenciosa, inadvertidamente.


"Es la vida misma una droga potentísima que invita a gozar de cada instante, a no ponerle obstáculos de ningún tipo, a no dejar pasar nada, para vivir un paradisíaco delirio" (Dino Buzzati, Las noches difíciles), haciendo grande lo pequeño, para poder, entre otras cosas y hasta que las ganas me lo permitan, seguir contando en este foro (por si alguien quisiera escucharlo) de forma pequeña las grandes cosas.

Feliz Navidad a todos. 




domingo, 13 de diciembre de 2015

De café con los espíritus.


Tuvo uno la sensación aquella tarde dentro de la casa deshabitada que me habían invitado a conocer, que aquello era más un allanamiento que una visita de cortesía. Hacía varias décadas que ya nadie vivía allí, y sin embargo, estaba todo colocado como si fuera a suceder el regreso de sus antiguos moradores en cualquier momento para invitarle a uno a tomar un café. 


Los objetos, dentro de las alacenas o por encima de las repisas, colgados de la pared o cerca del fregadero, estaban perfectamente ordenados, casi se diría que recién lavados, como si hubieran hecho hacía unos minutos un inventario detallado de las posesiones antes de realizar una mudanza. De haber buscado un poco habría encontrado la hoja con los detalles de lo que había en la casa sobre la mesa del comedor. El aire gozaba de esencias volátiles, antiguas vivencias que me parecían extraordinariamente presentes, como el abrigo de niño, colgado como recién llegado del colegio en un día de lluvia.




Y piensa entonces uno, como cada vez que entra en una casa abandonada en aquella aldea, que sus antiguos propietarios no han acabado de marcharse. A todo ello contribuía la extraña sensación de estar visitando más un santuario que una casa, pues cada rincón y pared estaba decorado con una estampa, un cuadro o una imagen de una virgen un santo o un Sagrado Corazón.




Mientras curioseaba por sus habitaciones empapadas de nostalgia y misterio, volví a sentir presencias agradables en torno mío. Los fantasmas no son espíritus que vienen desde la muerte a visitarnos, pensé. Nada les trae del más allá hasta nosotros; más bien al contrario, son residuos vitales de los que se fueron que, poco a poco, van desvaneciéndose. Estos ecos de la vida, que no de la muerte, tardan en desaparecer tanto más, cuanto menos se vean sometidos al roce  de los otros vivos. Por ello siento más y mejor su presencia en el campo y en la aldea, allí donde su aleteo, como el pájaro débil, aún con un hálito, se hace más tangible. Por eso ningún fantasma dura eternamente; por eso, estos que yo presentía eran corteses y enormemente amigables al enseñarme su casa.

Fue una tarde agradable, casi se diría que al salir creía estar oliendo a café recién hecho.




domingo, 6 de diciembre de 2015

Cuéntame un cuento.



Botella al Mar

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas

y socorros y alertas y caracoles.

M. Benedetti






martes, 1 de diciembre de 2015

60 aniversario del gesto de Rosa Parks: las comparaciones son odiosas.

El 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks se negaba a ceder su asiento en un autobús a un pasajero blanco; este fue uno de los símbolos más importantes del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.

Fotografía de Rosa Parks tomada en el momento de su arresto en 1955
History Archive/Shutterstock/Rex

Una fotografía no datada de  Rosa Parks en un autobús en Montgomery, Alabama


El 22 de febrero de 1956, Rosa Parks fue retenida nuevamente en Montgomery  por vulnerar las normas de segregación racial
Fotografía: Gene Herrick


   Años después de aquel gesto Rosa Parks vuelve a manifestarse en contra del apartheid en la embajada de Suráfrica en Washington en 1984

Rosa Parks recibe los aplausos de los líderes de derechos civiles en el Capitolio de Montgomery al finalizar la marcha desde Selma hasta Montgomery en marzo de 1965
Foto: Robert Abbott Sengstacke/Getty Images

En tiempos de dificultades es necesario que alguien, hombre o mujer, murmure un salmo, apele a la resistencia, estire  una mano piadosa o se ciña la esperanza a su cintura, para salvar estas confusiones o, al menos, para intentar desenredarlas. 

Si usa o no un llanto memorable, un gesto o una oración, poco me importa. Pero si puede despertar conciencias y llamar a la resistencia y si consigue no languidecer en un cajón de discursos olvidados, yo mismo seguiré a ese hombre o a esa mujer sin dudarlo, donde quiera que me lleven.

Pero vivimos en la edad de los mediocres, de los que no saben a dónde van, de los que no debaten por carecer de discurso, o lo que es peor, de agallas,  de los preocupados por la estética y las apariencias.

Carentes de líderes, rodeados de una caterva de nulo valor y menos importancia, hoy quiero apelar en mi sueño a un reducido grupo: os reclamo a vosotros; al fin y al cabo “los demás” somos muchos; sin ellos, de hecho, somos todos.