Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 31 de julio de 2014

Atrapar lo efímero.

Fotografía de Raquel López Chicheri.


Lo admito, del mismo modo que conozco mi repetitiva costumbre por hablar del tiempo, me obsesiona la fragilidad de la memoria. Espero no ponerme pesado al contaros que a menudo pienso que mi obsesión por el tiempo está provocada por mi trabajo. Veo pasar demasiado rápido los días en la enfermedad y en el que la sufre. Veo el desgaste. Intuyo el pronóstico. Supongo lo que va a ocurrir . Me exaspera la recalcitrante sensación de derrota anticipada. Una lucha injusta contra el poder corrosivo e inmisericorde del trascurrir de los días.

Por eso me atraen tanto aquellos que tienen el don de captar, de atrapar lo efímero y hacer de ello un destello eterno. Aquellos que son capaces de crear memoria. Aquellos que, como narra Takashi Hirade, son capaces de atrapar cualquier cosa que se produce espontáneamente, como un destello. Hablo de esos que hacen suyo los colores que se presentan a la velocidad de una ráfaga.





"Agarré la manguera y la conecté al grifo de la bomba automática. Una cautelosa libélula, que solía posarse sobre una gran roca a pleno sol situada al borde del estanque, alzó su cuerpo azul transparente moteado de blanco para revolotear bajo la lluvia artificial. Coloqué un dedo para estrechar la abertura y el agua se escindió en dos mitades que dibujaron un arco aún más alto. La libélula no se asustó, no huyó a ninguna parte, se acercó para beber el agua del pozo que manaba milagrosamente por los aires."



Por eso entiendo que la narración de algo tan simple como el juego de una libélula con el agua, algo tan efímero, puede ser tan lírico y cautivador. Takashi Hiraide es capaz de construir un relato eterno a partir de un simple destello. Creo que posee el don de aquellos que son capaces, desde lo más profundo de la poesía (y la poesía son destellos), de crear una prosa nueva 


Por lo mismo creo que Raquel López Chicheri es uno de esos artistas que es capaz de atrapar lo  efímero, lo sencillo y hacer de ello un relato eterno. Si admitiéramos que Raquel se limita a apropiarse de las formas y los colores, incluso cuando creemos que no existen porque los vemos en blanco y negro, aunque en realidad ella los lleva a una infinita escala de matices que va del blanco ausente de todo, al negro más absoluto, aquel que nos absorbe junto a la luz y nos lleva al interior del alma de lo retratado: animal, persona o cosa (que todo tiene alma), si lo admitiéramos digo, asumiríamos que lo hace disociándolos de su naturaleza. Pero esto no se aprecia en la obra de Raquel, porque lleva a su lienzo fotográfico, el movimiento natural de las cosas, sin tratar de separarlos, solo invitándolos a pasar juntos, materia y aire. Ambos en uno.

Por estos mismos motivos me enamoré hace años de Jordi Savall y su música, porque no es un simple intérprete. Jordi Savall no me cuenta como fue la música de un momento, sino cómo fue la vida entera en el momento que se compuso. Es capaz de captar en el mensaje oculto del compositor el destello que hizo de aquellas notas un relato eterno.


martes, 29 de julio de 2014

La llamada.

Dibujo de Elías Peña: ojalá se concrete el proyecto…


El despacho del Señor Bienvenido  destilaba constante el agrio olor de la disconformidad. Cuando salía de el cada noche, dejaba sobre el cenicero una docena de cigarrillos derrotados, a medio fumar. El último, encendido todavía, humeaba hacia el techo -librado de ansiosas bocanadas- sus tímidos propósitos, concentrando sensualmente las luces de la calle que, coladas por la ventana, proyectaban intermitentemente sombras chinescas contra la pared amarilleada.


Al marcharse, siempre después de la media noche, inclinaba el sombrero igual que escoraba varias veces a lo largo del día la cabeza cuando no daba su aprobación para la publicación del artículo que cualquiera de sus redactores le pasaba antes de enviarlo a la rotativa. A esas horas del cierre de la edición, la umbría formada bajo las alas enfriaba su vista hasta nublarla. Había alcanzado cierta habilidad para calárselo de medio lado y subirse los cuellos del gabán al mismo tiempo. Los rituales exactos de la despedida. Y al irse, como cada jornada el último de todos, cerraba la puerta de cristal con doble vuelta de llave, para después claquetear sus suelas reforzadas hacia la salida del edificio de El Informador.


Mauricio Oliveira había comenzado a trabajar para el periódico hacía varios años. Escondía sus ojos detrás de los cristales pequeños de unas gafas de pasta redondas. Sentado al fondo de la redacción ocupaba calladamente su tiempo en redactar las necrológicas, las efemérides y esas noticias que a nadie le importan, que piden prestado su espacio, esquinadas en las hojas del diario. Mauricio estaba autorizado a firmarlas únicamente como M.O. Para todos pasaban desapercibidas sus distracciones, de apenas tres segundos, varias veces al día. Durante esos instantes, esos fogonazos de desconexión, gozaba de una vida paralela que duraba mucho más tiempo, hasta varios años en ocasiones, disfrutando de obras de teatro con el firmamento como techo, soñando  baños de sol tibio, del que no quema, junto al mar, y gozando, casi en cada ensoñación, al sentir bajo su palma la superficie de mármol frío y suave de una mesa, dispuesta de forma distraída bajo una parra, donde poder escribir a mano algún libro de cuentos sencillos y poder jugar partidas de damas, solo y sin temor al adversario.


Fabián Odess se señoreaba paseando entre las mesas de la redacción –especialmente por delante de la de Mauricio Oliveira - con un aura, en torno a su cabeza, de éxito y autosatisfacción.  Su columna diaria, firmada con nombre y apellido completos, era siempre como una piedra: simple, redonda, pero eficaz para ser lanzada. Recibía invariable la aprobación del Señor Bienvenido con un discreto cerrar de párpados. Alababa el peso de las palabras ordenadas sobriamente, sin sobrar ni una de ellas, para completar un muro de categórica rotundidad, carente de cualquier poesía. El informador llegaba directo a la noticia, ese era el espíritu del Señor Bienvenido. Cualquier otro intento literario era cercenado con una sutil inclinación de la cabeza y entonces, el folio descartado caía en las tripas de un cajón - el tercero de la derecha de la mesa del Señor Bienvenido- que se abría solo para tragárselos y del que nunca había conseguido fugarse alguno para ver la luz del día en el kiosco de prensa del parque, aquel que recibía la primera edición de la mañana.


Eso lo sabía bien M.O. que había visto como el cajón tragaba decenas de veces los suyos.

-Mauricio, abusa Vd. de los adjetivos, como yo lo hago del tabaco. Los aparea en su texto como insectos.


Y de nuevo el folio era devorado por aquel cajón.
Mauricio Oliveira regresaba a su efeméride, mientras escuchaba la declaración de intenciones del Sr. Bienvenido, que se concretaba en el retumbar del cristal de la puerta, vibrando sobre su marco, mientras notaba también, amarga en la boca, su dignidad deshecha, vestida de niño pobre, zaherida por la mirada de Fabián Odess.


Una tarde de primavera, de nubes con destellos de sal y hierba  húmeda como terciopelo verde, después de su enésimo texto rechazado, Mauricio decidió asomarse a la ventana más próxima a su mesa, después de firmar, con nombre completo, su necrológica diaria. Sacó la cabeza por ella hasta poder notar la brisa malva de aquel crepúsculo, que no traía ningún otro olor excepto el de algún imaginado labio rojo femenino. Entonces el teléfono de su mesa comenzó a sonar y lo estuvo escuchando durante tres segundos durante los cuales Mauricio dudo en descolgar.

-¿Si?
-Señor Bienvenido al aparato. Creí que ya no estaba en la oficina.
-Si Señor, le escucho.
-Muchacho lo que hoy me trajiste…lo volví a leer. Creo que es magnífico. Es más, creo que es insuperable.
-Gracias Señor.
-Mauricio, creo que tu trabajo no ha sido correctamente valorado y ocupará, a partir de hoy mismo, la columna diaria de Fabián.
-Pero Señor, ¿él?, quiero decir ¿Fabián?
-Ya veremos Mauricio, ya veremos…


Y la llamada se cortó con el sonido de un golpe violento, como el que hace un grueso libro al caer desde una alta estantería.


Los funcionarios del ayuntamiento levantaron el cuerpo reventado sobre la acera, una vez el juez de guardia dio su conformidad. Sobre la mesa de Mauricio Oliveira quedaba una máquina de escribir, unas gafas de pasta redondas y una última necrológica firmada con nombre completo.


“16 de marzo de 1947, hay una rosa que espera su rocío y un gallo que no cantará ningún amanecer que no interese; hay un barco que danza sobre la línea del horizonte y un solo perro, amo de sí mismo;  hay unas cadenas de abrazos como eslabones y un lago lleno de peces transparentes; hay un periodista menos hoy en la ciudad y un poeta más.”

Fue un placer, servidor de Vds. : Mauricio Oliveira.




"A aquellos que piensen que mi noción del tiempo como posibilidad de desdoblarse y cambiar, estirarse o ser paralelo, es solamente una fantasía de escritor, quisiera decirles que no es así…"

Julio Cortazar.


Nota Blogscriptum:


El apellido del protagonista ha sido intencionadamente escogido como un humildísimo homenaje a Julio Cortazar.

El libro: Berkeley, California, otoño de 1980. En la cima de su carrera y después de años de negativas, Julio Cortázar acepta dar un curso universitario de dos meses en los Estados Unidos. Como cabía esperar, no se tratará de conferencias magistrales sino de una serie de charlas sobre literatura, y sobre todo acerca de su experiencia de escritor y la génesis de sus obras.