Manual de instrucciones de blogscriptum

viernes, 29 de noviembre de 2013

La despedida.


Esforzado como estaba en detener lo instantáneo, en hacer eterno lo que intuía iba a ser fugitivo esa mañana y en agarrar férreamente aquel momento que seguro sería efímero, me eché la cámara al hombro y bajé, medio dormido, la cuesta hasta la estación, tres pasos por detrás de mis padres y de mi hermano.

La noche anterior habíamos trasnochado, no sólo después de cenar hablando y ultimando maletas y bocadillos para el viaje, sino también dando vueltas, cada uno en su cama, haciendo sonar nuestros cuerpos como percusionistas, sobre platillos de somieres y timbales de colchones. La sinfonía de una orquesta desafinada, al ritmo del tres por cuatro, de un vals de ansiedad y de miedo. Aquella noche para mí, de tan solo 8 horas, iba a estar compuesta de un incalculable número de pequeños ratos que la iban a hacer eterna, llenos cada uno, de secuencias, de escenas de nuestras vidas juntos, que, como en las películas del oeste que los sábados programaban en el cine del pueblo, se proyectaban en la oscuridad de nuestra habitación, contra la pantalla blanca de mi recuerdo. De fondo, el sonido de la radio que escuchaba mi padre –aquí, radio intercontinental, son las 12 de la noche- y el trastear de platos y sillas que, a buen seguro, mi madre recogía  con más humedad en los ojos que en las manos.

Mi hermano mayor comenzaba el colegio en Madrid y el tren se lo llevaría, según mis padres hasta el verano, probablemente  -yo pensaba- hasta una nueva sesión de cine de sábado noche, en un horizonte que se me antojaba demasiado lejano, por lo menos mucho más allá de aquel mismo horizonte que los ojos de James Stewart parecían otear, mientras abrazaba a Julia Adams, desde la pared donde estaba colgado, hasta el fondo de nuestra habitación, que por esta última noche compartiríamos Juan y yo.  Estoy seguro que durante el breve o largo tiempo que ocupé mi imaginación soñando esa noche, me esforcé en hacer real lo irreal y tangible lo vaporoso. Quise cabalgar por última vez con Juan por praderas llenas de bisontes y disparar, tras de la las caravanas apostadas en círculos, contra los indios salvajes que aullaban a nuestro alrededor en un asedio de flechas y apaloosas.

Durante el paseo hasta la estación, fui disparando, en esta ocasión mi cámara y no mi Winchester, contra todo aquello que me parecía efímero. Una nube que cruzaba sobre el pueblo. Una hoja volando, empujada por el viento y detenida junto a una piedra. Un periódico, abandonado sobre el banco de entrada a los andenes. Un perro, el mismo que tantas veces habíamos perseguido Juan y Yo. Fui disparándolo a todo por intentar detener el tiempo, parar lo fugaz, capturar lo instantáneo. Con cada disparo, sin encuadrar, sin pensar, rescataba de aquel momento, fotogramas indelebles para la memoria. Al fin y al cabo ese día habría de recordarlo para siempre.

Mi padre despidió a mi hermano con un abrazo que a mí se me hizo eterno. Silencioso, confidente, con los ojos cerrados, como revelándole todos los secretos de la vida, todas las estrategias para afrontarla, todo el valor para entenderla. Tras de los dos, mi madre, se encogía con los ojos enterrados en el adoquinado de la estación y con las manos sujetaba una maleta de cuero que no tenía intención de soltar jamás. Movía los labios en una letanía callada de condena por aquel acto de infidelidad que la vida le jugaba, robando de su lado miles de noches de fiebre, de arrullos y de desvelos. Juan hundió sus dedos en mi pelo, demasiado ensortijado esa mañana, y yo quise en ese momento ser capaz de mover mis rizos  para así atarlos a mí eternamente. Se subió al vagón y al rato este se perdió, junto con todo el convoy, por la curva que se dibujaba tras la alameda, la que estaba al salir del pueblo junto al rio, aquella en la que tantas veces habíamos descansado juntos. Y no hice ninguna foto al tren huyendo.

Ahora, trascurridos los años, cuando ya los dos hemos vagabundeado lo suficiente por esta vida, miro esas fotos en blanco y negro, aquellas que disparé alocadamente, y entiendo que no me cuentan cómo era entonces la vida, sino cómo la vida fue en ese momento. Los recuerdos de nuestros años en el pueblo se diluyen con el paso del tiempo. La alameda, el sonido de radio intercontinental, los olores del puchero de mi madre, las sábanas limpias colgadas bajo la ventana; todo queda desvaído, desfigurados los bordes, confusos los colores. Sólo quedan sobre la mesa de mi despacho los instantes que fueron captados al azar. La lucha a brazo partido contra el tiempo por retener en la memoria las galopadas por los desiertos, las botellas verdes de cristal estalladas por los tiros de nuestros Colt 45, los lazos anudados alrededor de las vacas que guiábamos por las llanuras, aquellas aventuras que se hicieron eternas en las tardes de nuestra infancia, quedan resumidas en seis fotografías en blanco y negro que capturaron el instante para hacerlo eterno; el mismo día que mi hermano marchó, una vez y para siempre, de mi lado. El mismo día que yo, después de subir de la estación, tres pasos por delante de mis padres, descolgué el cartel de James Stewart mirando un horizonte que siempre fue lejano.

Nota Blogscriptum: Relato - cuento dedicado a una gran persona, una magnífica profesional, un pedazo de médico, que por razones absurdas debe abandonar mañana mi hospital. Nuestros pacientes salen perdiendo. Yo también.



martes, 26 de noviembre de 2013

Ya me estais tocando las...

Foto de Kemal Kamil



Es la segunda vez en la historia de este Blog que me veo en la obligación de demandar a nuestras queridas autoridades que no me toquen las libertades. Que es una forma elegante de expresar que no quiero que me toquen otras cosas. Hace tiempo ya escribí:


"De entre todos los derechos y después del de la vida, la libertad es el más necesario, fundamental y el que asegura el completo despliegue de nuestras potencias: las físicas, las fisiológicas, las psicológicas, las religiosas, las políticas, las de moviemiento y las que a través del desarrollo de nuestras actividades nos permite alcanzar con pleno sentido nuestros ideales. Es fundamental tener ideales, objetivos alcanzables, no abstractos, que den sentido a nuestra existencia.  Pero no me cabe duda que de todas las formas de libertad la más importante, aunque parezca una evidencia, es la libertad de elegir. Elegir es una condición indispensable para ser libre.  Debemos esforzarnos en tener una idea clara de lo que somos y dónde quermos llegar y para eso es necesario elegir: esto sí, esto no.Secuestrarnos libros es una de las formas referidas en otra entrada anterior sobre la manipulación. No conocer, no pensar, no sentir, no elegir en definitiva."

Pues en esta ocasión lo debo hacer gracias a mi querida jefa suprema, la Ministra Ana Mato que, sentada en su despacho, no deja de sorprenderse. Primero lo hizo con el Jaguar que misteriosamente apareció en su garaje y ayer mismo, contratando por sorpresa los servicios de un imputado (Sr. Lamela) en las irregularidades que presuntamente se han desarrollado en la Sanidad Madrileña en el contexto de su lamentable proceso de privatización.
Ahora la ministra nos sorprende a nosotros (me sorprende) al recomendar la retirada de las librerías del libro "Cásate y sé sumisa". El librito ya tiene de por sí un tufo en el título que lo hace infumable, pero a estas alturas, da vergüenza recordar que una de las grandes ventajas de la democracia es que yo puedo escribir este post y el lector tiene la potestad de ignorarlo. No digamos ya nada si se  trata de comprarlo, que no es el caso.
Yo, por ejemplo, no tuve la necesidad de ponerme bajo ninguna sombra de grey y sigo vivo. Por cierto que, según tengo entendido, esos libros devorados por centenares de miles de personas, hablaban de sumisión, solo que con el sexo.
Esta manía de nuestros políticos de gobernar a favor de viento, resulta ya cansina. Muchas veces resulta fácil, pero es incoherente. La libertad no admite titubeos.
En cualquier caso, me resulta aún más aburrido advertir ese dualismo de querer ir el domingo a leer a San Pablo en misa (Ef 5. 2a. 21-33) y el lunes recomendar la retirada del libro que recoge la misma frase de marras.



Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.


Para la libertad siento más corazones

que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.


Para la libertad me desprendo a balazos

de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.


Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.


Retoñarán aladas de savia sin otoño

reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

MIGUEL HERNÁNDEZ, El hombre acecha, (1938-39)



domingo, 24 de noviembre de 2013

El tiempo largo del Caffé Del Tasso

Foto de Angela Bacon - Kidwell

A menudo pienso que mi obsesión por el tiempo está provocada por mi trabajo. Veo pasar demasiado rápido los días en la enfermedad y en el que la sufre. Veo el desgaste. Intuyo el pronóstico. Supongo lo que va a ocurrir . Me exaspera la recalcitrante sensación de derrota anticipada. Una lucha injusta contra el poder corrosivo e inmisericorde del trascurrir de los días.

Del mismo modo que conozco mi repetitiva costumbre por hablar del tiempo, me obsesiona la fragilidad de la memoria. Será por la angustiosa advertencia que se alza tras de mí, con voz potente, desde la garganta de mis antecedentes familiares. Cuando no te queda la memoria, no te queda nada, sólo el simple transcurrir de los días, el pasado asumido como un mero trámite inevitable hacia la incertidumbre. Si no sabes de dónde vienes, ¿qué importa hacia dónde te diriges?





Entonces te sientas en el asiento del vagón y queda la mirada vacía, lanzada a través de una luna empañada, en un tren que convierte la vida -con su traquetear- en un cine móvil. La película de formas borrosas, las figuras que pasan veloces, las filas de árboles desvirtuados a cada lado de la vía. Las referencias se alejan entonces como esos árboles, y las fotografías de la vida no son más que unas estampas cualquiera. Terminas pasando las páginas del álbum en blanco y negro que no son mas que trozos de vida que conforman un relato incomprensible.


Por eso hoy me he levantado y he descolgado el reloj de la pared de mi despacho y lo he mandado al relojero junto con mi reloj de pulsera, para que los truque e invierta sus mecanismos, por que ahora que aún puedo hacerlo, recuerdo que en el Caffé Del Tasso, en Bérgamo, el tiempo no sólo no se ha detenido, como en tantos cafés y restaurantes italianos, sino que corre al revés. Es un viejo café, con aire de medio abandonado, vencido y olvidado en una esquina. Allí he visto pasar las horas, la gente, los pájaros que llegan y se van de la Piazza Vecchia y recuerdo también estar sentado, bebiendo vino, sintiendo los minutos pasar para atrás, admirando el movimiento de las agujas del reloj andando al revés: tac – tic, tac – tic.

martes, 19 de noviembre de 2013

Interdependencia.

Fotografía de Raquel López-Chicheri


Aún apuraba mi copa de vino en el bar de la esquina cuando le vi entrar. Entorné los ojos como cuando se mira un hermoso cuadro y se fuerza la vista para buscar la sinceridad del mensaje escondido entre las pinceladas. Había cambiado mucho. Apenas encontré algún rastro familiar en su cara. Después de tanto tiempo no dudaba que fuera él, pero los años habían esculpido grandes cicatrices en su rostro. Aún así, el aire, la lluvia, el sol y las heladas parecían haber respetado alguno de los gestos que yo conocía de sobra.

Así pasaran cien años no podría olvidarme de aquellos veranos. Cada tarde nos acostamos en la orilla, bajo el agua, con las bocas emergidas tan solo lo suficiente como para poder reirnos. Sacábamos las manos arrugadas  del agua secando la piel al aire y jugábamos a atrapar la sombra alargada de nuestras manos, aquella que estiraba los dedos en el espejo del agua color mercurio. Entonces, nos bañaba, suave y malva, la mortecina luz de la tarde después de rendirse por el horizonte.

Recuerdo la superficie pulida del mar, sin una sola honda, ni siquiera una huella de la brisa sobre él. Es verdad, el tiempo pasaba fuera del agua de una forma lenta y uniforme. El mar manso, bravío en el océano abierto, pero derretido y espumeante en torno nuestro, fluyendo lento alrededor de nosostros, buscando el estuario de nuestras piernas separadas, chocando contra los pequeños farallones de nuestros pies sobresaliendo. El tiempo se volvía leve.

Sobre todo ello, el silencio denso, cargado de armonía. Una felicidad lenta y frágil, débil como la gota de agua que corre por encima de un témpano de hielo herido con el primer calor de primavera.

La enorme, la ingente cantidad de secretos que nos contábamos. Cosas que ahora pienso que bajo ningún concepto pudieron salir de nosotros. Tantas y tan profundas que en ocasiones dudo que fueran auténticamente nuestras. Así era nuestra amistad, como la lluvia caída durante toda una noche para crear brillos nuevos en los charcos al amanecer: fresca, inocente, intensa.

Sin embargo la vida es a menudo larga y cruel. La amistad de la niñez es la víctima más fácil del tiempo voraz que lo consume todo y todo lo enmohece. La primera amistad debe asumir ese papel de víctima. Y los recuerdos, de seda y vulnerables, están hechos para sangrar al arañarse.

Por algún extraño motivo, que no alcanzo a comprender, las palabras exactas llegaron a mi boca demasiado tarde, apelotonadas, sin orden alguno. Pretendieron salir en tropel entre mis dientes y mi lengua, y acabaron por estrellarse torpemente detrás de mis labios. No supe qué decir y él no me miró a los ojos.

Continué leyendo el pasado en las lágrimas que dejó el vino después de danzar en el cristal de mi copa. Y siguió la vida de un lunes, en una semana que no había hecho sino comenzar, pero que ya se me hacía cansina y enormemente tediosa.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Resultado del Concurso Fotoliterario


"Se aleja el corazón del recuerdo, huyendo de sí mismo, seco de consuelo."


Finalizada la valoración del jurado

Blogscriptum se complace  en anunciar  que el ganador de su primer concurso Fotoliterario es el autor/a JCS, cuya foto se expone en esta entrada.

Blogscriptum quiere señalar a sus lectores que la votación fue realizada por los jueces de forma independiente y ciega. Que estaba diseñado para realizarse en dos vueltas, pero la fotografía mostrada ganó en la primera vuelta por mayoría.

Blogscriptum quiere recordar que no ha participado en la selección de la fotografía ni por supuesto en su votación.

Blogscriptum quiere recordar que escoger significa tomar partido por algo pero al mismo tiempo, desgraciadamente, también implica renunciar a algo. He sufrido, debéis creerme, de todo corazón, no poder quedarme con todas, porque todas eran merecedoras de ser premiadas.

Este blog sólo tiene una difusión de boca a boca y usa las herramientas que las redes sociales le brinda para su expansión. Con estas herramientas se ha conseguido llegar a medio millar de entradas en el post y se ha conseguido una enorme y cualificadísima participación.

Insisto, como siempre, en agradecer a los lectores su ayuda en la difusión del concurso  y el compromiso que han demostrado haciendo ellos mismos, y a través de este humildísimo espacio, una defensa del buen gusto, la cultura y sobre todo las ganas de disfrutar de un ratillo agradable en estos perros momentos.


Saludos, Pendejos.

Nota Blogscriptum:

Con el permiso de JCS ahora me toca a mí reinterpretar su fotografía usando mi verso propuesto.


Se aleja el corazón del recuerdo
huyendo de sí mismo, seco de consuelo
por lo oscuro de una sombra escueta
y la honda angustia de una niebla cierta.

Descansan en su tumba las pasiones,
el calor que ya no templa
entre el rumor del viento apagado,
sin tormentos, ni gozos, sólo la nada.

Entre tanto olvido, la duda y la umbría
se alza un doloroso imaginar
que se expresa en la ausencia
como crepúsculo plácido
del primer viaje que hiciste.