Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 29 de agosto de 2013

Nadie bramará por mi.



El río que nos lleva. Jornada séptima
Nadie bramará por mi
La lluvia de Oviedo. Capítulo 11


La última vez que Raquel ve la luna lo hace desde aquella ventanilla del autobús, en la estación de Oviedo. Hasta esa noche plácida del valle, asomada a la ventana, no advierte nuevamente que el frío es capaz de renombrar un firmamento de belleza infinita, carente de cualquier desasosiego, en medio de una paz celeste desconocida antes para ella, de un blanco azulado, opalino e irisado.

Esa noche, que Raquel vela sólo  al despuntar el alba, da paso a una mañana que se despierta cotidianamente en el valle, medio gris, con un remoto malva, un incierto viento, que por no ser caliente tampoco es frío y una espesa niebla que desciende desde la Tesla. Ahora, sin embargo, a diferencia de esa niebla, los recuerdos en Raquel son claros, pero empiezan a pesar más las esperanzas.

Hay algo lejano, que se mezcla en el propio paisaje interno de Raquel, que convierte a ese lugar, a primera vista hostil, en una aldea que ya no es ni mucho menos anónima. Empieza a no añorar nada. El humo sobre la casa de tejas rojas de él, le parece ya familiar y se funde con la niebla, no muy baja. Por un momento duda de dónde proceden ambos, ¿del cielo o de la tierra? La confusión genera un ambiente misterioso, pero le agrada verlo así desde la ventana.

-Buenos días ¿dormiste bien en ese caserón?
-Lo hice a ratos... ¿Te duele la pierna?
-Si, esta maldita arrastra mi viejo cuerpo. Ya no sé si me pesa la vida o es la tierra que me quiere engullir y yo no me dejo. Pero se saldrá al final con la suya la maldita, se saldrá, si.  ¿Quieres venir a por alubias?
-No sé cogerlas ¿Es fácil?
-¿Has arrancado penas?
-¿Penas?
-Si, del corazón.
-En ello me ando…
-Pues nada, esto es igual, tira una a una de ellas y a la bolsa. Sólo hay que agacharse, eso es lo malo y mi espalda ya no está para muchas tristezas. Así que ven, tú me las arrancas.

Raquel cierra la ventana,  deja el café, que se enfriará toda la mañana sobre la mesa de la cocina y baja corriendo la escalera. Presiente que nunca volverá a estar tan acompañada como en esos días que han de venir, prisionera de la contagiosa soledad de él, inmersa en la autarquía de su férrea disciplina. Intuye en él, al único dueño de su próximo quehacer. Él, que marca sus propios tiempos, recogerá generoso la voluntad de los suyos, que moldeará y ella se dejará. Una disciplina -lejos de la sumisión- a la que estaba ya acostumbrada, pero que ahora le sabe distinto.

-¿No te da miedo vivir sólo?
-Yo no ando solo, hija. ¿Ves? mi perra va conmigo, sí, conmigo a todos lados -la aparta con el bastón- y está también el monte y el río y los árboles y esta niebla… qué cerrada la maldita, qué cerrada. ¿Sólo?, no, solo no.

Raquel le da la bolsa llena de alubias para que la sujete, mientras mete las manos y la cabeza en el agua de la fuente, un caño  que cae en una pila oscura y fría, piensa que la ternura de él la puede convencer de que un Dios es posible. Los pasos cansinos y amigos les llevan hasta la parte de la aldea desde donde se divisa parte del valle y casi todos los tejados medio derruidos. El agua baja de las entrañas del monte, una vez son exprimidas desde el páramo de arriba, cuando se cuajó de nieve, como siempre, hace casi un año. Y volverá a hacerlo en breve.

Esos tejados que ve desde la fuente, engullidos por el tiempo y el olvido, hundidos la mayoría, el musgo en las paredes, el sonido de la caño y, en fin, la ternura de aquel momento plácido que vive, le devuelven la fe en un Dios que ella cree que no es otra cosa que eso mismo: el tiempo y el olvido y un estado de bienestar recuperado.
Todo cuanto amó, perdió y rozó la piel de Raquel –como ese viento que ya ha terminado por levantar la niebla, despegándola de los tejados, con la ayuda de un sol que calienta sutil- todo lo que le llegó al alma, todo,  renace en ese instante.

-¿Crees en Dios?
-Si me estás preguntando si voy a ir o no al cielo, no es algo que me preocupe demasiado, hace tiempo que no cometo ningún pecado

Raquel se llena el vaso de la botella de aguardiente que él le ha dejado sobre la mesa y no se resiste a volver a preguntarle

-Pero ¿crees en Dios?
-A mi me enseñaron a creer en Dios, lo que pasa que hace tiempo que no me dan referencia de él y ahora no sé hacia que parte dirigir mis oraciones. Si para el monte o para el río. Si me muero y no me reciben allá arriba, no pondré queja por ello.
-Alguien te echará de menos…hombre.
-Alguna vez me contaron la historia de una serpiente que se amamantaba de las ubres de una vaca. Venía por la noche y con cuidado bebía de la teta, sin sacar sus dos colmillos. Y la vaca se dejaba, fiel. Llegó un día el pastor y al verlo, temiendo por su vaca, lanzó tan fuerte como pudo dos bastonazos a la bicha y allí, entre las pezuñas, la dejó muerta. La vaca mugió desde entonces como loca por las noches.
¿Qué te parece? A falta de vacas que ya no tengo y con esta perra vieja y tonta que igual se muere mañana, no creo que brame nadie por mi, llamándome por la noche.
-Pero el pastor tenía razón, cuidaba por su vaca.
-El pastor lo que hizo fue fiarse de la primera apariencia y sobre todo no preguntar, no, no preguntar.

Raquel apura el vaso y se pregunta por el verdadero paradero de Dios, a qué parte de la inexistencia debe él dirigir su oración, hacia qué lado de la nada debe enviar  su llanto, el mismo llanto que nadie, salvo ella, escucha ahora. 

Al poco rato un pesado sueño la inunda, el día ha dado paso a otra noche que lleva un murmullo de lluvia fuerte que se acerca. Piensa una vez más en él, antes de dormirse definitivamente.

miércoles, 28 de agosto de 2013

I have a dream




Parece languidecer el verano, que se va como vino, malhumorado, con nubes negras enjironando el cielo y presagiando lluvias que no sé si terminarán por descargarse sobre Madrid. Es una especie de resistencia pasiva que hace el verano sentado en el  suelo, no dejándose y permitiéndose ir al mismo tiempo, esposado por las fuerzas públicas del curso del tiempo, que resulta siempre inevitable.

Cuando ayer escribía: Gritemos potentes la convicción final de ser nosotros. Yo abriré paisajes por ti esta noche, a través de la bóveda del cielo. En nuestra mano sólo descansará el oleaje del tiempo que venido en calma suave, párvulo, nos lamerá como amante la vida en los tobillos. No tengas miedo, ven, mira. Cuando mires hacia atrás en este día, no verás ya una mañana de niebla. Vamos, respira. Somos muchos, somos todos, ignoraba que hoy se cumplía el 50 aniversario de la proclamación del que, a criterio de los expertos, es uno de los discursos más importantes de la historia de la Humanidad. Tras el asesinato el 4 de abril de 1968 de Martin Luther King, la frase “I have a dream” y su figura entrarían juntos e inseparablemente, para siempre, en la historia.

En aquel entonces corrían tiempos de fronteras, de pozos de desventuras, de ojos incapaces de ver el futuro, obsesionados por un ayer marcado por la desdicha y un presente sin luz ni ventanas para muchos. Si uno lee detenidamente el discurso (con una indiscutible retórica religiosa, no en vano MLK era Pastor Baptista) entiende que sobre la trama de la pena y el desaliento alzaba su cabeza y estiraba la mano (pidiendo la misericordia de un sueño) un Líder.

Y resulta que los sueños se repiten. Tienen distintas velocidades. No hay sueños y pesadillas, hay confusiones rápidas y lentas. Sólo es necesario que alguien, hombre o mujer, murmure un salmo, apele a un alba prieta de venturas, desee una mano piadosa y se ciña a la esperanza, para ordenar estas confusiones o, al menos, sea capaz de enlentecerlas. Si usa o no un llanto memorable, poco importa; pero si puede despertar conciencias y llamar a la resistencia y consigue no languidecer -como este verano que veo ahora morir por la ventana- en un cajón de discursos olvidados, seguiré sin dudarlo a ese hombre o esa mujer, donde quiera que me lleven.

Pero vivimos en la edad de los mediocres, de los que no saben a dónde van, de los que lo tienen todo pero todo es nada, de los carentes de estética y por consiguiente de ética. Carentes de líderes, rodeados de una caterva de nulo valor y menos importancia, hoy quiero apelar en mi sueño a un reducido grupo. Os reclamo a vosotros, al fin y al cabo los demás somos muchos, somos todos.




Martin Luther King, Jr.

Tengo un sueño

Estoy contento de reunirme hoy con vosotros y con vosotras en la que pasará a la historia como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación.

Hace un siglo, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos, firmó la Proclamación de Emancipación. Este trascendental decreto llegó como un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros y esclavas negras, que habían sido quemados en las llamas de una injusticia aniquiladora. Llegó como un amanecer dichoso para acabar con la larga noche de su cautividad.


Pero cien años después, las personas negras todavía no son libres. Cien años después, la vida de las personas negras sigue todavía tristemente atenazada por los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años después, las personas negras viven en una isla solitaria de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, las personas negras todavía siguen languideciendo en los rincones de la sociedad americana y se sienten como exiliadas en su propia tierra. Así que hemos venido hoy aquí a mostrar unas condiciones vergonzosas.

Hemos venido a la capital de nuestra nación en cierto sentido para cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magnificientes palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, estaban firmando un pagaré del que todo americano iba a ser heredero. Este pagaré era una promesa de que a todos los hombres —sí, a los hombres negros y también a los hombres blancos— se les garantizarían los derechos inalienables a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Hoy es obvio que América ha defraudado en este pagaré en lo que se refiere a sus ciudadanos y ciudadanas de color. En vez de cumplir con esta sagrada obligación, América ha dado al pueblo negro un cheque malo, un cheque que ha sido devuelto marcado “sin fondos”.

Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia está en bancarrota. Nos negamos a creer que no hay fondos suficientes en las grandes arcas bancarias de las oportunidades de esta nación. Así que hemos venido a cobrar este cheque, un cheque que nos dé mediante reclamación las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia. También hemos venido a este santo lugar para recordar a América la intensa urgencia de este momento. No es tiempo de darse al lujo de refrescarse o de tomar el tranquilizante del gradualismo. Ahora es tiempo de hacer que las promesas de democracia sean reales. Ahora es tiempo de subir desde el oscuro y desolado valle de la segregación al soleado sendero de la justicia racial. Ahora es tiempo de alzar a nuestra nación desde las arenas movedizas de la injusticia racial a la sólida roca de la fraternidad. Ahora es tiempo de hacer que la justicia sea una realidad para todos los hijos de Dios.

 Sería desastroso para la nación pasar por alto la urgencia del momento y subestimar la determinación de las personas negras. Este asfixiante verano del legítimo descontento de las personas negras no pasará hasta que haya un estimulante otoño de libertad e igualdad. Mil novecientos sesenta y tres no es un fin, sino un comienzo. Quienes esperaban que las personas negras necesitaran soltar vapor y que ahora estarán contentos, tendrán un brusco despertar si la nación vuelve a su actividad como si nada hubiera pasado. No habrá descanso ni tranquilidad en América hasta que las personas negras tengan garantizados sus derechos como ciudadanas y ciudadanos. Los torbellinos de revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que nazca el día brillante de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi pueblo, que está en el caluroso umbral que lleva al interior del palacio de justicia. En el proceso de conseguir nuestro legítimo lugar, no debemos ser culpables de acciones equivocadas. No busquemos saciar nuestra sed de libertad bebiendo de la copa del encarnizamiento y del odio.  Debemos conducir siempre nuestra lucha en el elevado nivel de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra fecunda protesta degenere en violencia física. Una y otra vez debemos ascender a las majestuosas alturas donde se hace frente a la fuerza física con la fuerza espiritual. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra no debe llevarnos a desconfiar de todas las personas blancas, ya que muchos de nuestros hermanos blancos, como su presencia hoy aquí evidencia, han llegado a ser conscientes de que su destino está atado a nuestro destino. Han llegado a darse cuenta de que su libertad está inextricablemente unida a nuestra libertad. No podemos caminar solos.
Y mientras caminamos, debemos hacer la solemne promesa de que siempre caminaremos hacia adelante. No podemos volver atrás. Hay quienes están preguntando a los defensores de los derechos civiles: “¿Cuándo estaréis satisfechos?” No podemos estar satisfechos mientras las personas negras sean víctimas de los indecibles horrores de la brutalidad de la policía. No podemos estar satisfechos mientras nuestros cuerpos, cargados con la fatiga del viaje, no puedan conseguir alojamiento en los moteles de las autopistas ni en los hoteles de las ciudades. No podemos estar satisfechos mientras la movilidad básica de las personas negras sea de un ghetto más pequeño a otro más amplio. No podemos estar satisfechos mientras nuestros hijos sean despojados de su personalidad y privados de su dignidad por letreros que digan “sólo para blancos”. No podemos estar satisfechos mientras una persona negra en Mississippi no pueda votar y una persona negra en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar. No, no, no estamos satisfechos y no estaremos satisfechos hasta que la justicia corra como las aguas y la rectitud como un impetuoso torrente.

No soy inconsciente de que algunos de vosotros y vosotras habéis venido aquí después de grandes procesos y tribulaciones. Algunos de vosotros y vosotras habéis salido recientemente de estrechas celdas de una prisión. Algunos de vosotros y vosotras habéis venido de zonas donde vuestra búsqueda de la libertad os dejó golpeados por las tormentas de la persecución y tambaleantes por los vientos de la brutalidad de la policía. Habéis sido los veteranos del sufrimiento fecundo. Continuad trabajando con la fe de que el sufrimiento inmerecido es redención.

Volved a Mississippi, volved a Alabama, volved a Carolina del Sur, volved a Georgia, volved a Luisiana, volved a los suburbios y a los ghettos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de un modo u otro esta situación puede y va a ser cambiada.

No nos hundamos en el valle de la desesperación. Aun así, aunque vemos delante las dificultades de hoy y mañana, amigos míos, os digo hoy: todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño americano.

Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.

Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará en un oasis de libertad y justicia.

Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación.

Tengo un sueño hoy.

Tengo un sueño: que un día allá abajo en Alabama, con sus racistas despiadados, con su gobernador que tiene los labios goteando con las palabras de interposición y anulación, que un día, justo allí en Alabama niños negros y niñas negras podrán darse la mano con niños blancos y niñas blancas, como hermanas y hermanos.

Tengo un sueño hoy.

Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá.

Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe seremos capaces de cortar de la montaña de desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes disonancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día seremos libres.


Éste será el día, éste será el día en el que todos los hijos de Dios podrán cantar con un nuevo significado “Tierra mía, es a ti, dulce tierra de libertad, a ti te canto. Tierra donde mi padre ha muerto, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera suene la libertad”.

Y si América va a ser una gran nación, esto tiene que llegar a ser verdad. Y así, suene la libertad desde las prodigiosas cumbres de las colinas de New Hampshire. Suene la libertad desde las enormes montañas de Nueva York. Suene la libertad desde los elevados Alleghenies de Pennsylvania.

Suene la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve de Colorado. Suene la libertad desde las curvas vertientes de California.

Pero no sólo eso; suene la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia.

Suene la libertad desde el Monte Lookout de Tennessee.

Suene la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera.

Suene la libertad. Y cuando esto ocurra y cuando permitamos que la libertad suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos acelerar la llegada de aquel día en el que todos los hijos de Dios, hombres blancos y hombres negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de juntar las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: “¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Gracias a Dios Todopoderoso, somos al fin libres!”

La caricia


Fotografía Sandro Silva

El río que nos lleva. Jornada sexta
La caricia
La lluvia de Oviedo. Capítulo 10.

Él espera apoyado sobre la jamba. Su figura enorme aparece enmarcada como en un retrato antiguo, de esos cuadros que, camines a donde camines, los ojos del personaje te persigue con la mirada que constantemente te vigila.


La penumbra de la cocina y su silencio al entrar le han hecho invisible. Como una sombra. La cachaba descansa sobre su mano, sin tocar el suelo. El fuego al moverse le va cambiando la forma del rostro que va tomando penumbras y brillos que le hacen ser reconocible, y no, por momentos. Quizás lleva un rato allí viendo y esperando.

-¿Por qué lloras?

Raquel da un respingo sobre la banqueta, una sacudida violenta que la hace caer de espaldas.

-Cuidado hija ¿Ves? Ahora ya tienes motivos ¿Te has hecho daño?

-No, sólo me he asustado

Raquel se pasa la mano por la cara para ver si, retirándose las lágrimas y el pelo, consigue ver quién está detrás de aquella voz cavernaria.

-Lloro porque estoy sola.

-Por eso no se llora, yo también lo estaba hasta hace un rato y no lloro. No, no lo hago. No lo hagas tú.

-¿Vives aquí en el pueblo?

-Vivo…supongo que sí, supongo que lo hago. Estoy aquí desde siempre. Nací aquí y aquí sigo. Ahora por ejemplo estoy viendo esa puerta de ahí detrás, la que está cerrada con la gatera debajo. Tu abuela la cerraba con llave para que no la robásemos. Y de eso hace mucho. Así que, sí. Supongo que vivo aquí desde hace mucho.

-¿Conociste a mi abuela?

Sin dar opción a la respuesta, Raquel se da la vuelta y contempla una puerta oscura con un agujero pequeño en la parte de abajo. Parece que alguien la cerró y después se marchó para no volver nunca. Quizás se llevó la llave y con ella los secretos y los recuerdos.

-¿Esa puerta?
-Si esa. Cuando apretaba el hambre, que apretaba fuerte y sin soltar, cogíamos al gato de tu abuela y le atábamos una cuerda al rabo. Lo metíamos por ese agujero y el cogía las manzanas que se guardaban dentro. Tirábamos de él con cuidado y con el gato venía la pesca. Una o dos por día. Lo suficiente para engañar las tripas. Con eso íbamos tirando.

Raquel se levanta del suelo y sonríe. Cree incluso que se ha reído. Termina de limpiarse los ojos y se pasa la manga de la chaqueta por la nariz. El le alarga un pañuelo y ella se suena. No ha reparado en cómo está. Huele a limpio y es suave. Le basta. Al hacerlo emite un sonido gracioso que a él le hace reír también.

-Te suenas como tu abuelo ¡No tiene que enterarse el valle entero de que has vuelto, rediez!

Entonces al recoger el pañuelo, que ella le extiende de vuelta, le acaricia –probablemente queriendo- su mano.

Raquel entonces piensa que, de caricia a caricia, existe siempre una breve distancia mensurable. Acaso algo tan leve, o tan doliente, como un corto  tiempo o una sutil diferencia de matices. Unas manos en agua zambullidas, una felicidad cerrada al pasmo, unas gotas de llanto memorable. De caricia a caricia pueden mediar unos brazos y el calor de un cuello. Una noche, un limbo de piedad y de hermosura. Quizás un adiós para siempre, un hola sin palabras. En una caricia pueden brotar unos dedos piadosos sobre una mejilla de recuerdos o iluminarse unos ojos de lumbre o pintarse unos párpados de azucena o caerse un mechón de pelo sobre una cara relajada. De caricia a caricia, Raquel piensa, siempre hay matices.



-¿Tu nunca lloras?

-No hija. A mi no me enseñaron a hacerlo.


martes, 27 de agosto de 2013

El olor del fuego



El río que nos lleva. Jornada quinta.
El olor del fuego.
La lluvia de Oviedo. Capítulo 9


En la aldea, a esa hora de la tarde, sólo hay soledad y piedras. La mayoría de los tejados ofrecen sus tejas rendidas al paso de los inviernos, movidas, desordenadas y en muchos sitios reventadas además por el sol de agosto. Las ortigas y la yedra voraz se hacen sitio entre los muros, trepando por las paredes, siguiendo cursos de huecos entre piedras, haciendo del conjunto un paisaje devastador para Raquel.

Es una fría tarde de octubre, silbante, de viento rápido, en latigazos y sombras macizas.  La casa que viene a ocupar pertenece a su familia y permanece cerrada desde hace muchos años. El muro de poniente presume ante el mundo de su edad, echando panza hacia fuera, pero aún se muestran las otras tres paredes elegantes y orgullosas, con un poderoso portalón de doble hoja color rojo que destaca enormemente. 

Las viejas casas de piedras mueren en silencio y desesperadamente solas en aquella aldea. Una enfermedad de pueblos abandonados, de tacto viscoso, de sabor podrido y meloso, un veneno inconfundible y dulzón que asciende por paredes, atestando de hojas verdes los muros y ocultando tras de sí las sombras, los muertos y los recuerdos, que viven en su interior, que mueren en su interior.

Raquel abre la puerta y un golpe de olor a humedad de trigo almacenado, aceite de candil de hojalata y animales guardados en el corral del fondo -al que ella recuerda que se accedía directamente desde la vivienda- explota, literalmente, en sus narices. Al fondo de la estancia se mueve una sombra, como un espectro, y un gato corre como loco bajo los pies de Raquel que suelta el petate y a la vez, un grito. 

Al fondo de la entrada se adivinan las escaleras que suben hacia la primera planta donde la cocina y un par de pequeños cuartos vacíos aparecen iluminados por una extraña luz de otoño filtrada a través de unas mosquiteras descolgadas. Un enorme lar ha teñido de negro la pared de la cocina  y la lumbre que fue, parece susurrar aún su chisporroteo a través de las cadenas de hierro que cuelgan desde la chimenea. La luz de las llamas que Raquel recuerda, pintando de rojo la cara de sus abuelos, es ahora sustituida por una nube de polvo en suspensión que parece danzar entre los rayos que se quieren colar por cualquier rendija de las ventanas. 

Ahora se hacen patentes en su memoria los rostros de los de más cerca, de un rojo brillante, con orejas encendidas como la sangre, a ratos dorados y siempre con sombras cambiantes en las mejillas. Los de detrás parecen amarillos, azules los siguientes y los del fondo cenicientos y continuamente móviles por las sombras danzarinas que, nerviosas desde las llamas, producen espectros en aquella estancia. 

De fondo sonidos de cencerros apagados, balidos que la asustan y pisadas sordas de pezuñas que recolocan las patas de algún bicho grande, que no quiere imaginar, sobre la cama de paja húmeda de aquel corral  habitado por los profundos resoplidos de alguna bestia y tintineos de esquilas de oveja boba.  Pero ahora todo está parado. El tiempo detenido. El olvido y nada más.

Fascinada por aquel poderoso recuerdo que se ha encendido en su memoria, como aquel fuego, con la boca medio abierta, en esa tarde de llamaradas de olores, Raquel decide acercar un taburete, sentarse frente a la cocina, apartar dos trébedes y dar comienzo al ritual de encender un fuego que necesita más su alma que su cuerpo. Al conjuro de ese profundo olor que comienza a extenderse por la estancia, sin ganas de comer ni de hablar ni de asomarse siquiera a la boca de aquella casa, desde la cocina que ahora la rodea, a través de su puerta que ya no cierra, Raquel reza por que venga la noche, que crezca, que lo invada todo, que lo inunde todo y que nunca se levante.

El sol sale hacia el exilio por detrás de los montes y ella empieza a sentirse presa de una libertad absoluta.

viernes, 23 de agosto de 2013

Respuestas


El río que nos lleva. Jornada cuarta
Respuestas
La lluvia en Oviedo. Capítulo 8



Con el paso del tiempo
[y tu permiso]
mudaré sentimientos por recuerdos
pero en este ahora,
cada vez que respiro,
siento dolor en el pecho
porque está de ti vacío,
y me duele donde no estás.

Porque no te oigo,
me duelen los oídos
y ando dando vueltas,
camino vagando
porque te extraño
en la piel y en la boca;
te llamo desesperada
por eso me duele la garganta,
de llamarte al este, al oeste,
de buscarte a gritos,
porque te busco por todos lados,
me duele la voz de hacerlo.

Alguien debería explicarme,
necesito claramente que me expliquen
por qué el mundo sin ti me duele tanto,
ahora que no me puedo dormir con tus palabras,
[apenas sé usarlas]
quiero saber, por qué me duele tanto este silencio.


Raquel gira sobre sus pies. Mira cuesta abajo y se dirige a paso lento hacia su nuevo escondite.