Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 18 de julio de 2013

El olor



Entonces el niño se despertó. Se despertó primero con la nariz. La naricilla se movió, se estiró hacia arriba y olfateó. Inspiró aire y lo expiró a pequeñas sacudidas, como en un estornudo incompleto. Luego se arrugó y el niño abrió los ojos.

El Perfume. Patrick Süskind



Existe unas regiones en nuestro cerebro ontogénicamente muy antiguas. Se denominan sistema límbico e hipotálamo; estas regiones son responsables de las emociones, sentimientos, instintos e impulsos. En ellas se almacenan también los contenidos de la memoria y se regulan la liberación de algunas hormonas. El bulbo olfatorio está conectado directamente con estas estructuras. Por este motivo, los olores pueden condicionar nuestro comportamiento y algunas funciones corporales. De forma secundaria la información olorosa alcanza la corteza cerebral y se torna consciente....

Un olor cotidiano se convirtió, por rutina, en un recuerdo profundo. Eso fue hace años. Ahora se convirtieron en sensaciones que son sueños; sólo en ocasiones son fantasmas de la vida real.
Un olor ayuda a reconocer una página del libro de la vida, ya leída. Tardas un par de párrafos en advertirlo pero, de repente, la explosión de ese olor en tu recuerdo ilumina una estancia, un lugar, una persona. 
A mi por ejemplo una cerilla que se prende enciende bruscamente en el entendimiento recuerdos infantiles, de varios escenarios remotos y me evoca paisajes, todos ellos agradables.
Como el fósforo al que me refiero, la explosión a veces violenta de un olor, ilumina la sombra de un callejón oscuro, en este caso, del callejón del recuerdo.

El olor es la vista del subsconsciente, por lo tanto resulta irrefrenable.

Juguemos. Venga, participa. Hagamos una hermosa descripción entre todos. ¿Compartimos algún olor evocador de la infancia?

Estará bien leeros a vosotros en esta ocasión.


miércoles, 17 de julio de 2013

Autobiografia semiautorizada.



Asomado al balcón de Palacio, que da vista al oeste madrileño, desde donde se ven los límites verdes de esta ciudad, me he sentado a pensar.
Al final de este día de estío, el aire, por fin, no pesa. Lleva ya la tarde un vestido malva, melancólico, que hace que los tejados de Madrid se ablanden. De en medio de los ruidos de la ciudad -subiendo por entre sus fachadas- nace un suave silencio.
Al fondo de la vista, el éxtasis violeta, exiliado desde poniente, me invita a reclamar la parte que me corresponde a estas alturas:  un solo haz de sol; un campo verde, pequeño; algo de sosiego con un poco de pan y agua - a ser posible- y algún difuso pensamiento que paso ahora a relatar:

-       Primero:

En el trastero del espíritu, descuidadamente arrinconado, guardo varias cosas íntimas que se me antojan como el recuerdo de un beso agradable (el primero): la memoria de un teatro infantil que es el escenario antiguo de mi casa, de luces tenues, azuladas, lunares; una música heredada e invisible; y el galopar del corazón latiendo a trompicones, en un hablar tartamudo e inseguro, después de algún éxito pequeño.

-       Segundo:

Ahora agradezco: el placer que obtuve  de alguna que otra sombra (recuerdo que no me conformé con cualquier encina); no haber exigido nada a los demás; no haberme arrepentido de llegar a conocerme; saber sentir, de alguna forma distinta, la monotonía de cada día, más que nada, para que no duela; conseguir apretarme yo solo el cordón de mis zapatos y huir, con dignidad, de la tentación de dar a los demás las limosnas de un lenguaje vulgar.

-       Tercero:

Me he esforzado: en  evitar el ansia de cosas imposibles, no pretendo ser un héroe; en renegar de añoranzas de lo que no ha sido, no pretendo ser un ingenuo amante y en no codiciar el deseo de un “tal vez” inaudito, no pretendo ser un estúpido feliz. Todos estos (tres) son gestos cansados del alma, que no dejan pensar, que no dejan hacer, que no dejan ser.

En esta tarde de estío, al final de este día, ahora que corre una vaga brisa, me doy cuenta que mi autobiografía está formada de dos o tres fragmentos, apenas cuatro párrafos, de una lectura no excesivamente complicada.



viernes, 12 de julio de 2013

La lluvia en Oviedo. 5



Capítulo 5

Se levantó desnudo y en silencio. Con un lápiz HB comenzó a escribir en su cuaderno la que sería su última columna para el periódico, o la nota preliminar de su siguiente novela –aún no lo tenía decidido-

Ahora que ya han pasado muchos días -más de los que me imaginaba- Ahora que los ojos se han enturbiado varias veces y renovado otras tantas y vuelto a enturbiar. Que he visto cosas nuevas y viejas y distintas. Que el tiempo y la lluvia han dejado capas delgadas pero indestructibles. Sobre la emoción violenta de los instantes eternos del pasado, advierto una nueva película que comienza. Hermosa y saludable. Se difumina el presente que ya no será angustioso y se sedimentará en el fondo precioso de los recuerdos . Entre vivirlo y escribirlo he vuelto a elegir.
He redescubierto aquella lejanía malva de un atardecer. Reinvento la presencia de nuevas y doradas mañanas soleadas. Presiento unos inviernos más azules y unas calles más blancas, limpias, que señalan en el horizonte la presencia de unas fachadas siempre serenas  y vetustas de Oviedo.
Paradójicamente ahora se recorta todo con la claridad de algo aprehendido en su totalidad. De algo cuyo significado se me antoja diferente. El amor y la independencia son incompatibles, pero yo no he encontrado, en forma alguna, la ternura de la soledad




Nota aclaratoria de Blogscriptum:

Lo que había comenzado a ser un cuento corto está resultando -no sé por qué- en un libro sobre la soledad y la compañía, sobre encuentros y faltas, sobre estar perdidos entre el ruido, la casa llena y lo ordinario. Sobre la pérdida del dominio fácil, el re-encuentro con el alivio y el sosiego.


No sé por qué pero presiento un círculo más amplio en este texto. Una extraña sensación de buscar diferentes miradas sobre la independencia, las invasiones, el tedio y otra serie de enfermedades del alma...

jueves, 11 de julio de 2013

La lluvia en Oviedo. 4


Foto de Latula

Capítulo 4

Al volver encontró la nota de la consumición sobre la mesa. Encima de su cuaderno, al lado del cenicero que ahora estaba vacío, limpio. Por detrás, escrito a lápiz pudo leer: incluso los escépticos sueñan, Carlos. 

Apoyada la cara sobre la ventana que daba a la calle, ella permanecía de pié. Al mirarla despacio descubrió que las gotas de lluvia estaban ahí fuera quietas, lamiendo el cristal de la ventana desapasionadamente. Parecían quererla rozar, sin éxito. A veces la lluvia en Oviedo no consigue, pese a su insistencia, empaparlo todo. Eso le gustó. Carlos deseó ser lluvia entonces. En las tinieblas de sus pupilas notó la sensación de cuerpo extraño. Aparecieron entonces reflejadas, nacientes y remotas claridades.  En el fondo de su retina empezaban a alborear los azules y los malvas. 
Estos y los vagos reflejos de la luz -procedente de la calle- se le hacían patentes como una tácita y milagrosa aurora de paz. Se transformaron en un relámpago de consuelos inefables.

Escribir -le dijo ella al oído cuando terminó de acercarse hasta su lado- de la verdad o de la mentira, del pasado o del futuro…¿qué más da con tal de que sea bello? 

Aquel acento gallego invitaba a renacer. Al menos así se sintió en ese momento.

Dejaron el local, al que cerraron los párpados bajando una verja chirriante. Al echar el cierre Carlos se pudo fijar en las decenas de pegatinas de cerrajeros, de todos los colores, que se arremolinaban entorno a la cerradura. Siempre le habían parecido un unos anuncios indeseables de mal augurio. Ahora simplemente le hacía gracia esa decoración.  El sonido aparatoso de aquella verja se elevó por encima de los edificios y pareció hacer eco contra el mismo cielo. Fue como un gallo que terminó de despertar a Oviedo. Consiguió que la mayoría de los vecinos se desvelasen en el mismo momento en que Carlos y aquella mujer -que no dijo su nombre-  deseaban permanecer acostados. Juntos durante días. Caminaron los dos con una mueca cómplice, traviesa pero no tramposa. Haciendo ver al mismo perro vagabundo de todas las noches que, seguramente, ocultaban ya, al poco de conocerse, algún secreto inconfesable.

Al cabo de unos cuantos días durmiendo juntos -compartiendo únicamente su respiración- Carlos notó como la luz entraba en la habitación hurgando entre las cortinas. Hacía tiempo que no dormía tanto tiempo seguido. Pensó que aquella era un bella forma de despertarse. Notó una presencia confidente a su lado. Su respiración le era familiar. Al menos le resultaba balsámica para el alma. Presintió que nuevamente podría compartir con alguien más sus dudas. Sintió que no era necesario responderse a si mismo por todo lo que le generaba inquietud. Había dejado de llover afuera, en Oviedo, en sus calles. También había dejado de llover por dentro. Carlos sentía cierta sensación de bienestar en su alma. Sensación de piso seco. De caminar sobre una arena de playa caliente.


miércoles, 10 de julio de 2013

La lluvia en Oviedo. 3


Capítulo 3

Perdidas sobre la mesa, una cajetilla a medio fumar, un cenicero y su cuaderno de notas. Advirtió que la distancia entre las tres era gigante y de ellas y hasta el borde de la mesa, solamente el espacio suficiente para apoyar sus codos. Sin holguras. Algo así como su vida. Todo a su alrededor ocupaba un espacio impropio, al menos el que el creía suyo.

La vida, la ceniza, su sueño perdido como el humo –pensó- Los años consumidos como los cigarrillos que le faltaban a la cajetilla. Cada vez menos, sin atreverse a contar los que quedaban. Sin saber exactamente los que ya había fumado. Muchos, en cualquier caso. Colillas arrugadas en el cenicero –un viejo plato de latón de Mahou- como la piel de esos perros japoneses que tanto odiaba. Sus años, los mejores, como un shar-pei. La ceniza era ahora un recuerdo de su vida, el residuo de lo que fue, consumida, disgregada. Polvo y briznas de papel y boquillas. Una vida ausente de rescoldos. Sopló sobre ellas, sobre un fuego apagado y disgregó un humo que se elevaba sin concentrarse.
Ya no creía en nada. Menos en sí mismo.

Se levantó tambaleante hacia el cuarto de baño. Al final de un zigzagueante camino se dio de bruces contra su puerta. Advirtió, como siempre, pero en ese momento más intensamente que nunca, que no conocía nada más objetivo y presente que un espejo. Hacía mucho tiempo que había decidido renegar de su juventud y con ella a sus recuerdos. Alcanzó a suponer entonces, que en ese momento, justo en ese momento de renuncia no consciente, se materializó el instante en el que acababa de abrirse paso, a empujones, sin preámbulos, la madurez.