Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 28 de agosto de 2012

La última aventura



Pasó mucho tiempo hasta que pude comprender porqué aquel teléfono lo llamaban góndola. A mi lo único que me gustaba era descolgarlo para dar vueltas a su rueda, de un tenue rojo iluminado y marcar números, claro, imaginados.
Ahora los teléfonos suenan mucho, demasiado, y a cualquier hora. Por aquel febrero del setenta y seis si sonaba a partir de las ocho o nueve de la noche podías esperar cualquier cosa menos una buena noticia. No existía tanta necesidad de contarlo todo y sobre todo tanta necesidad de conocerlo. Nos bastaba con un resumen semanal de lo sucedido y eso se podía solventar con una llamada nada más.
Aquella noche, como no podía ser de otra manera, el teléfono de góndola nos convocaba a una reunión familiar en aquel pequeño pueblo de las Merindades en Burgos, al que sólo había ido una vez, para acompañar a la abuela Trinidad; el Yayo Enrique se moría.

Eran los tiempos en los que el viaje hasta allí a veces se hacía en dos jornadas, y bajar La Mazorra era una auténtica aventura. Aún recuerdo con pánico el morro del coche asomándose al precipicio en aquellas curvas imposibles que Papá tomaba como si no fuera con el mi angustia.

Un anochecer de Burgos en Febrero es frío, silbante, de viento y sombras macizas.  La Casa Vieja tenía un poderoso portalón de doble hoja de color rojo, pero aquella noche no había colores, ninguno. Al abrir la puerta un golpe a olor de trigo almacenado, aceite de candil de hojalata que parecía morir asfixiado trabajosamente al final del rellano de la puerta y el de los animales guardados en el corral del fondo al que se accedía directamente desde la vivienda, explotó literalmente en mis narices. El tío Zacarías apareció como un espectro desde fondo de la estancia. Tenía una voz ronca y partida, como la cicatriz que le recorría la mitad de la cara. Alto, gigante y con unas botas de media caña que sonaban sobre el suelo de barro cocido como si retumbase la casa. Nos invitó a pasar al fondo de la cocina, donde una enorme lumbre bajo una monumental chimena de campana calentaba al resto de la familia, que yo apenas conocía. Alguien me apoyó sus dos manos en los hombros y me sentó cerca del fuego. La luz de las llamas pintaban la cara de los otros. Los de más cerca de un rojo brillante, con orejas encendidas como la sangre, a ratos dorados y siempre con sombras cambiantes en el rostro. Los de detrás me parecían amarillos, azules los siguientes y los del fondo cenicientos y continuamente móviles por las sombras danzarinas que nerviosas desde las llamas producían espectros en aquella estancia. De fondo sonidos de cencerros apagados, balidos que me asustaban y pisadas sordas de pezuñas que recolocaban las patas de algún bicho grande, que no quise imaginar, sobre la cama de paja húmeda de aquel corral  habitado de profundos resoplidos de bestia y tintineos de esquilas de oveja boba.

Pasé los primeros minutos, no se cuántos, fascinado por aquel poderoso fuego, con la boca medio abierta, como ahora cada vez que me siento frente a una chimenea. Aquellos enormes troncos de encinas, corridos por las llamas y chisporroteando de vez en cuando con un estallido, supongo que pequeño pero para mi esa noche casi infernal, me mantenían ensimismado.
Alguien empezó a contar una anécdota del Yayo Enrique, de cómo hacía rabiar a la Yaya Trinidad cuando, limpiando las lentejas, solía echar los gorgojos que separaba al brasero bajocamilla llenando la estancia del olor de una enorme ventosidad.

-Que lo cuente Tío Zacarías que lo sabe muy bien, dijo otro.

Aquel gigantón de boina calada se acercó al fuego y al pasar a mi lado, sentado ahora, su tamaño me resultó aún mayor. Pegó una patada a un enorme tronco encendido y tomo un rama al rojo en su punta para encenderse un pitillo recién liado que sacó tras de su oreja. Aquella brasa iluminó su rostro curtido, hasta ese momento oculto entre sombras, su boina gastada, sus cejas pobladas, casi selváticas, y su gran cicatriz, haciendo brillar unos grandes ojos sin fondo. La primera calada me recordó a la llamarada de la boca de un dragón y el humo denso que salió de su boca precedió a una voz recia y bronca que empezó a hablar y hablar y hablar.

Nos contó historias de luchas con machetes de matanza contra lobos hambrientos, a la puerta de aquella casa, en las noches oscuras, de nieve, buscando acabar las bestias con algún recién parido cordero;  nos habló de caballos peleando en el Ebro traicionero por sacar la cabeza del fondo del agua; nos habló de disparos certeros a varios metros de distancia sobre agresivos jabalíes malheridos, habló de compañeros caídos en el frente y de como él había matado a varios bolcheviques, de los que nunca antes había oído hablar, y al final se encendió como el fuego al contarnos cómo perseguían a las mozas él  y Yayo Enrique. Bajó entonces la voz para explicarnos susurrando el duelo con hoces junto a la vega del río por aquella bella moza de Tejada.

Yo estaba, en fín, no puedo explicar como me encontraba. Me ardía la cara, las orejas me estallaban, los ojos me picaban como guindillas de no pestañear; sentado incomodo en aquel tronco rugoso, no sentía más las piernas y el hormigueo de las plantas de los pies, dormidos por la postura, me recorría la médula hasta llegar a la garganta. Sentía terror por hacer ruido al tragar, no fuera a parecer que sentía miedo de aquellas historias. La piel me tiraba de todos lados, sudaba, me quedaba frío a la vez. Alguien me ofreció una taza de cacao y pretendí beber con la nariz dentro del cuenco y los ojos sobre la linea del horizonte de la taza para no dejar de ver al Tío Zacarías que a cada historia se me hacía más y más alto.
Las llamas hicieron el resto, los silencios precisos entre historias, las puntas rojas de las piñas ardiendo y algún que otro ladrido lastimero terminaron de hipnotizarme y ya no sabía si soñaba, dormía u oía.
Acabó la reunión al tiempo que alguien dijo algo sobre in pacem y Yayo Enrique. Entonces Zacarias tiró -a mi me pareció enrabietado- el cigarrillo liado al fuego. Se despidió. Se iba a su casa, a varios kilómetros de distancia sierra arriba. No besó a nadie, de ninguno se despidió, pero al pasar a mi lado, hundió sus gruesos dedos en mi cabeza y los acompañó con sus pasos a contra pelo hasta el final de mi nuca. Y yo quise morirme.

Lo acompañé hasta el portalón y me quede ahí, como un pasmarote viendo como asía la brida de una enorme y oscuro caballo. Los cascos de aquel animal sobre los cantos rodados de la entrada a la Casa Vieja resonaron sobre mis orejas que entonces las noté por primera vez ardientes.

- ¡Demonio de chico!, eres igualito que mi hermano.

Se lió una manta sobre el cuerpo a la vez que se subía a la caballo en un movimiento de danza que me pareció igual que aquellas películas de doble sesión de cine de sábado por la tarde.

-¡Cierra el portalón, sino quieres que se muera otro ahí dentro!, ¡Chico!, ¿No escuchas?...demontre de mocoso.

Me quedé mirando al fondo del valle, porque en aquella oscuridad por la que se perdía Zacarías vi cientos de lobos que aullaban como el viento, disparé a diez jabalíes que por mi venían, maté a cien de esos bolcheviques y peleé navaja en mano contra Juanito, el vecino del tercero al que, como a mí, le gustaba Lucía la hija de Don Andrés el médico del bajo, a la  que aquella noche por primera vez, pero no la última, quise verle volar su falda en el parque para mirarle y poderle tocar el culo.

A la mañana siguiente parece que tuve fiebre.
- Te dije que te separases más del fuego.
- Te dije que no salieses a la calle.
- Te dije que no bebieses ese agua tan fría así de rápido.

Mentiras podridas, tonterías...nunca más, ningún lobo hambriento conseguiría sobrevivir a mi machete.

Tío Zacarías murió hace más de veinticinco años, despeñado con su caballo, buscando en una noche de febrero de la provincia de Burgos una de sus vacas perdidas. Desde entonces procuro no perderme ninguna de las pelis que echan en el la tele de Errol Flynn. 


sábado, 25 de agosto de 2012

Refritos de verano (Plátanos fritos)



Mi vida era antes cómoda y tropical.

Mis primeros recuerdos se mecen por el vaivén de la suave brisa del mar y se inundan del azul oceánico, infinito, las nubes algodonosas y un olor a tierra volcánica mojada. Soy un plátano de la variedad cavendish enano, un plátano mediano pero de buena calidad. Compartía mano con otros cuatro plátanos hermanos en una vida armoniosa y pendiente, dulcemente pendiente. Crecíamos en vigor y color, en una perfecta concavidad geotrópica, en equilibrio con el mismísimo universo y con un verde exultante y un olor...un olor a Canarias. 

Tanto con mis hermanos como con el resto de las manos del bananero mantenía unas conversaciones normales, como cualquier plátano: la suavidad de las últimas lluvias, la agradable vista del mar, algún que otro piropo a algún culo de un bonito lepidóptero, no patógeno, en fin, conversaciones normales para un plátano de un alto nivel. Nosotros no éramos como aquellos plátanos de la plantación de enfrente. Eramos criados bajo los acordes del Romeo y Julieta de Prokofiev; nuestro agricultor decía que nuestro movimiento con el viento parecía una danza y el tenía la necesidad de ponerle música. En cambio, esos plátanos arrabaleros y de baja estofa de allí enfrente eran enfundados en polietileno, con la falsa excusa de aumentar el rendimiento de su cultivo y protegerlos de plagas de Tetranychus urticae. Pobres infelices, parecían estar abrigados con gigantescos condones y yo les veía sudorosos, agobiados.  En cambio nosotros...¡qué felicidad!.

Recuerdo con especial cariño aquellos deshojados. El machete certero y firme iba limpiando las hojas secas y dobladas en la base del racimo y entonces la luz, el aire, y el calor, entraban entre nosotros con alegría exultante.

Pero aquella mañana todo cambió. Algo nos temimos cuando no sonó Prokofiev sino el requiem de Fauré. Algo pasaba.

Entonces la rula no cortó las hojas y de nuestro tallo manó un brote lechoso, seminal. El último hálito de vida que nos unía directamente con la tierra que nos vio nacer. Caímos directamente a un cajón. El golpe fue enorme y no recuerdo nada hasta que me desperté, rodeado de miles de los míos, en las bodegas de un barco. Hacinados, violentamente apretados, muchos de nosotros magullados y perdiendo ese verdor nuestro por momentos.  Algún plátano viejo nos lo había contado -vendrán a llevaros- pero no quisimos dar crédito a sus palabras. ¿qué habíamos hecho para merecer eso? ¿Porqué?. Nuestro compromiso de cenar juntos todos en el banano aquella noche y todas las noches del futuro, no se iba a cumplir.

Las siguientes semanas fueron de un viaje azaroso y mareante hasta nuestra llegada al mercado de abastos. Fuimos repartidos según no se qué criterio, pues el ruido, los gritos y las brabuconadas de aquellos hombres no me permitía distinguir bien lo que ocurría, pero... ¡Por Dios!, ofrecían dinero por mi; como meretriz barata, como nubio aceitoso y brillante. ¡Nos estaban vendiendo!. Necesitaba a Brahms, lo necesitaba, me estaba ahogando. 

Sé que algunas cajas de exóticos, indescifrables e insípidos frutos terminaron colocados con calculada geometría en elegantes fruterías de París, pero ¿ nosotros?

Nosotros terminamos apiñados, revueltos y amontonados, sin orden ni concierto, en una frutería de Villiers-le-Bel, un suburbio de París. 
Me vi compartiendo expositor con dos cajones de soeces y zafios kiwis, peludos y ácidos, que gritaban a las chirimoyas:
-¡eh chirimoya!
-¿Qué?, gritaba inocente...
-¡Tócame la....! (me da vergüenza hasta repetirlo).
¿y aquellas bananas dominicanas?: 
-¡Eh cavendish, enano! ¡muévete con nosotras!, ya tu sabes. 
Grandes, robustas y enormemente fálicas...se meneaban obscenamente al ritmo de la vulgar salsa del hilo musical de la frutería.

Por favor Purcell, te necesito, ¿dónde estás?

Entonces todo sucedió muy rápido. No pude ni advertir quién nos agarró del tallo e introdujo en una fina bolsa de plástico transparente. Un golpe sobre un frío hierro y nuevamente perdí el conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo fue dantesco. Yo estaba tumbado sobre un frutero de madera, moderno y funcional, he de reconocerlo. A mi lado un antiguo amigo mio, viejo, blando negro y descuidado, parecía perder la vida a borbotones en la esquina del frutero. Dos de mis hermanos ardían flameantes, entre gritos, en un ritual enólico y salvaje sobre una sartén a fuego vivo. Otro era destrozado en una escandalosa máquina trituradora y el cuarto de mis primos, entraba y salía de la boca de un bebe a modo de tarjeta de crédito en un cajero. Su cuerpo cortado a rodajas, era expulsado de aquella boca salvaje apapillado e informe.

Nada podía salvarme. Moriría allí ,a lo peor aplastado con un tenedor, a lo mejor ennegrecido por el olvido.

Fue entonces cuando sucedió. Una mano tierna me agarró con la suavidad de una pluma y me sacó de aquel funcional frutero. Sus piernas eran delgadas y blancas y se dejaban asomar por debajo de una chaqueta de lana blanca y de ochos. Su pelo era largo y negro, su piel marfil y sus ojos...sus ojos eran como aquel mar de La Palma. Comenzó a desnudarme dulcemente separando mi piel de la carne con elegantes movimientos. Sentí que nos sentamos en un sofá hundido y viejo y vi como cogía su libro...si, era Styron...mi gran Styron: "Se ha desvanecido cualquier sentimiento de esperanza, toda idea de futuro, es la desesperación lo que apabulla mi alma..."

De fondo escuchaba el lacrimosa del Requiem de Mozart y me dejé hacer. 

Ofrecí mi sabor y quise poner en él el recuerdo de aquella tierra mojada, el color del mar  y el vaivén dulce de la brisa de la noche. Ya no recuerdo más....

Blogscriptum:
Dedicado, en su día, a la hija de Fabiola, de cuatro años, que el otro día pidió a su madre....Mama: cuéntame la vida de un plátano. Supongo que lo podrá leer más adelante, Fabiola.